GASPAR OCTAVIO HERNÁNDEZ

Mié, 12/12/2018 - 19:00
Autor:
Rommel Escarreola Palacios

Gaspar Octavio Hernández, poeta, escritor, periodista, nace un 4 de julio de 1893, en la ciudad de Panamá en calle 14 oeste, en el populoso barrio de Santa Ana. De raíces afropanameñas, su vida fue muy azarosa. Por las carencias materiales que padecía, no pudo culminar sus estudios primarios; sin embargo, esto no fue impedimento para que sintiera el deseo de superación. Esto lo lleva a la lectura de autores clásicos románticos y modernistas que marcarían su personalidad literaria. Por lo que se forja literariamente en la época en que surge y finaliza elegantemente, la poesía modernista en nuestra literatura. A sus once años cuando el país comienza su vida republicana y cuando otros niños de su edad viven su pobreza en medio de la inocencia infantil, Gaspar Octavio Hernández ya se le veía la habilidad en el campo de la composición poética y la práctica del periodismo empírico. Por eso, para la doctora Elsie Alvarado de Ricord, Gaspar Hernández es “auténtico hijo del pueblo, acosado por necesidades vitales y ornamentó sus versos con una vasta riqueza verbal que muestra de su apreciable cultura lograda mediante su propio esfuerzo.” Como Gaspar Octavio Hernández crece a la par con la incipiente república estuvo rodeado de patriotas que marcarían su sentimiento patriótico en ese ambiente de agitación en que se desenvuelven políticos, escritores y poetas de esta generación. Su prosa y su poesía, por ende, se caracterizan por el influjo del estilo modernista, aunque no se aparta del malestar de aquel entorno que le tocó vivir. Por eso, nos agrada ver en Gaspar Octavio Hernández su voluntad de perfección y disciplina en un joven que no había tenido formación universitaria. Con solo 14 años, El Nacional publica sus primeros versos. Se inclina a captar lo autóctono, rige una fuerte voluntad de estilo, impera el cosmopolitismo, la renovación de técnicas y formas, la actitud de reforma cultural, el esteticismo, el misticismo y la búsqueda de lo espiritual. En este contexto modernista se ubica el más joven de los vates de la República. En sus poemas que tienen como tema la patria, "A Panamá", "Azul", Íntima", "Alma Patria", Hernández señala la amenaza que es para la identidad nacional la presencia norteamericana por la construcción y la administración del Canal.

Su poema tan famoso, "Canto a la Bandera", y "Silencio Supremo", son llamados a la defensa del Panamá y a su símbolo supremo, la bandera. Pero, aún en estos poemas, algunos de ellos publicados en La copa de Amatista, edición que organizó su amigo Demetrio Korsi en 1923 con los poemas dispersos en diarios y revistas, su lenguaje sonoro está poblado de dioses y personajes de la mitología griegas y latina, referencias al heroica antigüedad, lo que nos permite afirmar que lo más significativo de su obra lo vincula al modernismo, que eran signos de la época donde se veía la decadencia francesa y el advenimiento del imperio norteamericano. Por ello, el estilo modernista con su parnasianismo y simbolismo no lograron, plenamente, encerrar al poeta en la torre de marfil como lo fue la primera generación de poetas modernistas hispanoamericanos, sino que su discurso prosaico y poético estuvo cargado de sentimiento de nacionalismo. Por ello, fue el poeta de los marginados, el poeta del dolor, el poeta que surge en las entrañas del barrio de Santa Ana. De ahí que el tono de sus poemas tenía un lirismo patriótico y de protesta social. ‘El Canto a la Bandera' es un ícono de nuestra gesta por ejercer nuestra plena jurisdicción en todo el territorio nacional. Para el vate de ‘Ego Sum' la soberanía era una fuerza moral, él vivió la arrogancia del Coloso del norte en el área canalera. Por eso insistió en fortalecer nuestra conciencia como nación con ejemplos decorosos y dignos que nutrieran el sentido de pertenencia que nos identifica. Fustigó la mentalidad de protectorado que dominó al Panamá político. Como periodista abordó con valentía y nobleza en periódicos y revistas, incluso en su narrativa, la prostitución, la drogadicción, la pobreza, la paternidad irresponsable, la actitud carnavalesca que hace culto de la grandeza ficticia y, sobre todo, de la impunidad e inmunidad de ‘Don Dinero'. Denunció a los calibanes que especulan en todos los órdenes de los negocios. Censuró el istmo de fenicios y vanos consumistas que desdeñan lo propio al menospreciar los valores, tradiciones y cultura de una comunidad orgullosa de sus raíces. Su muerte muy prematura, ocurrida el 13 de noviembre de 1918 en la oficina de redacción de la Estrella de Panamá no solo representa la pérdida de un hombre que podía haber aportado más a la literatura panameña, sino que –como dijera Hernán Porras- el arrabal de Santa Ana se intelectualizó y refino en la primera década del siglo XX a una sociedad que venía recuperándose del trauma de la Guerra de los Mil Días y de las tensiones de la independencia de Colombia. ¿Qué hubiese hecho Gaspar Octavio Hernández, en esta época cuando la arrogancia de un embajador de un imperio fraguara la trama de decapitar a la decana del periodismo La Estrella de Panamá? Su respuesta inmediata y con vitalidad del periodista cerraría el paso con su pluma y fustigaría la inculpación de cerrar el bastión de la prensa panameña.

Por lo que en el centenario de su muerte debemos recordar como un modelo de hombre que, pese a su origen y limitaciones, dio su granito de arena a la literatura panameña bajo la estética modernista dominante en los tiempos de su formación literaria.