En los tiempos en que vivimos, muchas personas quisieran que los hechos se acomoden a sus deseos y conveniencias, anhelando que se castigue la corrupción cuando sus tentáculos salpican a otros, pero reclaman benevolencia cuando de ella reciben alguna dadiva, prebenda o beneficio.
Muchos proclaman y gritan a los cuatros vientos sus firmes convicciones, lo sublime de sus ideales, sus deseos de justicia y equidad; sin embargo, ese mundo maravilloso sólo gravita en sus mentes; la realidad es que su cobardía los hace cómplices del robo a las arcas del Estado, del clientelismo, la desidia y desigualdad social.
Una sociedad que disculpa la corrupción inconsciente y colectiva al decir “robó, pero hizo”, está condenada a repetir su más triste y dolorosa historia. Deberá conformarse mirando el ser justo y honesto como un sueño imposible; negarse a comprender que la ética, la honestidad y el respeto representan los vectores centrales de su personalidad. Un estilo de vida del que no es suficiente rasgar simbólicamente las vestiduras, tendrá que salir de la zona de confort, poner el pecho, alzar la voz, incluso, comprometer la vida; todo con el único fin de alcanzar el objetivo y demostrar que no solo hay que ser sino también parecer.
No se construye un mejor país exigiendo por un lado el cumplimiento de las leyes para el resto de los mortales, y por el otro, un indulto o amnistía para aquellos desacertados actos de nuestra conducta.
Es intolerable y no debemos permitir que la sanción que merecemos de cabida al chantaje, al trueque, o al soborno que viene acompañado de la frase “¿Cómo lo resolvemos?”. Se debe primero predicar con el ejemplo, si queremos intentar sacar las bruscas de otros ojos, porque sólo las almas grandes, infinitas y generosas se atreven a aspirar a los grandes ideales de honestidad, ética, un principio que nos da señorío y gallardía para no ser oportunistas, cómplices o practicar el “juega vivo”.
No preguntes qué le vas a dejar a tus hijos, pregunta qué hijos le vas a dejar a esta nación. De esta manera, dejarás de ocupar el papel de víctima y te convertirás en agente de cambio para contribuir proactivamente, desde la trinchera que la vida te ha deparado.