Enrique Avilés/ Docente de historia de la UP
El 31 de diciembre de 1999, se cumplió la transferencia del canal a manos panameñas, logro obtenido de los Tratados Torrijos-Carter. La celebración ciudadana, con sentir nacionalista, bañó de regocijo las caras de los panameños en el acto realizado en Balboa. Han pasado más de veinte años y aquellas caras, entonces radiantes, hoy lucen opacas. La opacidad no es infundada y su comprensión es precisa para entender las posibles repercusiones de la gestión excluyente de un modelo que pretende una visión de país, mientras muestra síntomas de antítesis. El transitismo, prioridad del paso transístmico para la generación de riquezas, ha sido una constante en el devenir del Istmo, acompañada de una visión de desarrollo nacional para el siglo XIX y de Estado durante el siglo XX, requiriere un repensar para el siglo XXI. El transitismo, apuesta de desarrollo nacional, se constituye, sin olvidar su función en la colonia, el motivo de las clases dirigentes istmeñas para su supervivencia económica y política, motivo que no incluye a los sectores rurales, populares y étnicos.
Debe entenderse la insistencia de las élites istmeñas por la tecnificación de la ruta de tránsito como una aspiración nacional que no es integral en su aplicación. Se dinamizó la económica de un área del territorio, dejando al margen al Panamá rural, indígena y negro. La bonanza de esa propuesta elitizó a pocos y marginó a muchos. Para 1903, los sectores dominantes asisten la creación de la República, incapaces de construir el canal, entregan el recurso al imperialismo estadounidense, que deforma al estado panameño en un casi protectorado, deformando la clase dominante en una oligarquía. Esta modalidad de transitismo dio paso a su propia antítesis, a merced de una generación de sectores populares y medios que cuestionaron el colonialismo y reclamaron soberanía, un discurso que increpó al modelo transitista imperial-oligárquico. La síntesis del modelo vendría de una administración estatal no oligárquica, pactando los Tratados Torrijos-Carter y creando el modelo de plataforma internacional de servicios.Hoy los panameños tienen el control de la ruta de tránsito; sin embargo, el transitismo encara el desafío de reinventarse o sufrir una antítesis.
A las mayorías rurales, étnicas, populares y medias no les convence del todo la equidad del modelo y el sentir que reemplazamos una Zona del Canal por una zona de sectores dominantes es cada vez mayor, en tanto que no se palpa el desarrollo nacional en asistencia social, vivienda, salud, educación entre otros tantos. Transitismo sí, porque estoy seguro que ningún panameño se negaría a esa aspiración común de prosperidad y bienestar nacional, la pregunta es cómo reformularlo para que vierta riquezas en su explotación a las grandes mayorías, generando proyectos afines que redunden en bienestar social, paz y gobernabilidad en democracia. Para finalizar, queda claro que no convence un destino transitista excluyente con el carácter marginalizante del pasado.