Panamá: la ruta milenaria

Vie, 09/09/2022 - 14:55
Autor:

Enrique Avilés/ Docente de historia de la UP

En una conversación con colegas de diferentes nacionalidades, recibí un balde de agua fría al escuchar una visión simplista e injusta de nuestro país, por ende, de nosotros mismos. Un académico me decía que Panamá era y no dejaría de ser un canal. Panamá es más que un canal fue mi interrupción abrupta. Panamá es una ruta milenaria que al emerger como Istmo hace millones de años atrás permitió el primer intercambio biótico americano, impactó la flora y fauna marina mundial y dejó su impronta en la mejora del clima para la vida de los seres humanos en otras latitudes más cercanas a los polos. De hecho, esa ruta fue utilizada por grupos precolombinos chibchas y mayoides en un intercambio mercantil y cultural enriquecedor para ese momento. La llegada de los europeos impuso una modificación de uso para esa ruta a favor de los intereses de las potencias, convirtiéndola en el centro de las expediciones al Pacífico americano y paso excelso para materias primas y riquezas auríferas con destino a la metrópolis española y el mundo entero.

Los españoles realizaron la primera aplicación tecnológica de la ruta, haciéndola más segura y eficiente mediante la construcción de caminos y ciudades terminales. Con la llegada del siglo XIX, la revolución de los transportes revive los sueños istmeños de renovar tecnológicamente la ruta, pero los intereses foráneos demorarían en precisar esa nueva aplicación. El expansionismo estadounidense hacia el Oeste y el oro californiano hicieron necesario construir el ferrocarril en Panamá, dejando atrás los viejos y obsoletos caminos coloniales. La bonanza californiana se agotó en cuestión de dos décadas, mientras que los avances tecnológicos navieros demandaban aplicar nueva tecnología, en este caso: un canal o vía acuática. Los franceses realizarían el primer intento, pero sus errores técnicos, las enfermedades, la mala administración y la malversación de fondos terminarían por descalabrar su afán. Los estadounidenses realizarían la proeza del canal en 1914, logrando una aplicación tecnológica más eficiente y marcando así la perdida de la ruta para los panameños.

Tomaría décadas entender que la ruta era territorio soberano panameño, costaría vidas panameñas reclamar ese reconocimiento; sin embargo, luego de una negociación ardua se lograría la reversión del territorio y la transferencia del Canal a manos panameñas. Hoy, el control de esa ruta está en nuestras manos y le hemos aplicado la última tecnología naviera al incluirle un tercer juego de esclusas postPanamax, haciéndola más competitiva, eficiente y segura para el mundo. Panameño, no somos un canal, el Canal es solo la última aplicación tecnológica de nuestra ruta, que orgullosamente es milenaria, llena de historias, anhelos y sueños. Es buena hora para que todos los panameños vean los beneficios de controlar esa ruta en aras de una educación de calidad, salud y bienestar social de primer mundo.