Los benditos desechos de nuestra sociedad

Vie, 17/02/2023 - 18:30
Autor:

Lic. Alberto Araba /Facultad de Humanidades

Cada día nuestra sociedad avanza más deprisa; como dice el refrán “si te detienes, te quedas”, es una máxima que sin dilación los hombres esgrimen con gallardía, seguros que la sociedad en la que vivimos bendice sus actitudes que muchas veces podría parecer hasta escalofriante para un observador que se fijara desde afuera de nuestra sociedad tan agitada y competitivamente carnívora para con el otro.

Desde pequeños se nos inculca: “solo los más adaptados sobreviven” si no eres muy aplicado tendrás un trabajo mediocre y una vida pobre a las expectativas de la sociedad; quizá sea cierto, pero el hecho de descubrir “personas” que sin poder adaptarse, sobreviven, es algo perturbador conociendo la triste situación de miles de personas, que vislumbrando sobrevivir, no logran adaptarse a este mundo “tan volátil” que los ha dejado rezagados del espacio y tiempo en el que se vuelven “espectros” con carne de una sociedad que los aparta sin ellos aún tener nada que poder contrariarle al mundo donde viven.

Una tarde me dejó intrigado un señor mayor en uno de tantos hogares para ancianos que hay en el país; en este hogar, aquel “abuelo” lleno de tatuajes que la vejez había desfigurado, me hizo ver la situación humana que no solamente él, sino muchas más personas viven constantemente y que se define en una palabra “abandono”. Y no un abandono del personal o los encargados de cuidarlos; sino un abandono de la sociedad que los ha rechazado como desperdicio de un mundo competitivo y del cual alguna vez fueron la fuerza laboral que forjó el futuro de esta nación que estamos viviendo hoy. 

En muchos de estos hogares hay redactores, periodistas, locutores, banqueros, abogados, empresarios, cajeras, amas de casa, profesores, agricultores y muchas otras más personas que en su vida jamás pensaron terminar en estas casas que los acogen con benignidad. Algunos llegaron “dejados” por el mundo, sus familias que los ven como “cargas” u otros simplemente llegaron voluntarios ante el inminente saber que de igual modo tarde o temprano terminarían allí. Muchos de ellos tienen familiares y hasta hijos que hoy les dan la espalda y nunca más han vuelto a ver.

Es una vergüenza humana este tipo de actos que nos hacen ver lo frágiles que somos y el peligro que cualquiera puede tener no importa el puesto social, al final, al no poder seguir teniendo fuerzas, serás exprimido por el mundo y tirado por muchos a lo que creen será el olvido. Estos “desechos humanos” que nuestra sociedad ignora, muchos son rescatados por hogares, son atendidos por trabajadores sociales o religiosas, en las cuales surge la esperanza y alegría en esos “abuelitos” al ver la llegada de jóvenes voluntarios que van los fines de semana a verlos y brindarles sus compañías, escucha y sus sonrisas. A estos trabajadores y jóvenes son los que Jesús bendice diciendo: “si lo hiciste a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hiciste”. – San Mateo 25: 40