Alberto A. Araba M. /Facultad de Humanidades
Este milenio lleva en su esencia el fulgor de la vanguardia; hoy la tecnología es una voraz competencia por posicionarse en la cumbre no solo digital o empresarial de los consumidores, sino también dominar sus intereses. Compañías multinacionales batallan de manera dura o blanda para incrustarse de forma permanente en la vida de las personas; pero el ímpetu por la supremacía constante para mantener esa vanguardia tecnológica llega arraigada la simiente de una profunda tibieza vanguardista.
En efecto, la lección que hoy podemos aprender de la tecnología es el peligro de volvernos repetitivos y poco prácticos como ya está ocurriendo, pues nos enfocamos más en la cima que en el esfuerzo alcanzado y es así como la tecnología vaga en nimiedades que entrega a sus consumidores; este arquetipo moderno pasa inadvertidamente a la sociedad consumidora, siendo esta un fiel reflejo de ese modo de ser.
La humanidad ya estando en la cima se siente más a gusto, que reflexionando por mejorar en si puede subir más. No es de extrañar que millones de personas por comodidad prefieran mantener tecnologías obsoletas a probar nuevas tecnologías que les hagan crecer, expandiéndose este fenómeno más allá de estas realidades tecnológicas, ya que la comodidad tiene la capacidad de entibiar y doblegar cualquier esfuerzo humano.
Por ejemplo, hoy es común que aun pasado tanto tiempo, en nuestra universidad algunas herramientas digitales institucionales sean tan poco utilizadas en contra de la comodidad de otras herramientas tecnológicas más comunes y poco prácticas. Nuestras herramientas institucionales son mucho más potentes, avanzadas y gratuitas que las cómodas herramientas que persistimos embotadamente a utilizar no cambiando nuestra comodidad en pro del beneficio colectivo que nos llevaría a mejorar hacia lo ideal.
Cuando escuchamos la frase: “cada pueblo tiene los políticos que merecen” debemos de entenderlo en sentido metafísico, o sea no en el común de pensar en los políticos que vemos en televisión, sino en nuestros políticos mentales, esos que nos mantienen en la comodidad del desinterés, tibieza y apatía por la excelencia, por escoger lo mejor.
Este es solo uno de muchos ejemplos que vivimos actualmente como sociedad; esa lucha de ser excelentes o mediocres no nace en las grandes decisiones que tomamos en momentos determinantes de la vida ¡para nada! En la moral de la persona entendemos que nuestras decisiones que hacemos rutinariamente son las que van forjando ese compromiso hacia nuestra excelencia personal, ese decidir decirnos: “y si pruebo esto otro” “y si lo hago de esta forma que ese estudio propone”, es lo que ha garantizado no solo el mejoramiento de nuestra vida, sino la de nuestra especie humana.
Dejar el miedo de pasar de ese teléfono verde hacia el avión azul, movidos no por la imposición o la persuasión de otro, sino por la comprobación y determinación personal de siempre estar a la vanguardia de lo mejor, es lo que hace de nuestra vida, de nuestro mundo, un lugar mucho mejor para tener esperanza.