Rainer Tuñón Cantillo /Director de RR. PP de la UP
En Panamá todo progresa… menos el diario vivir del panameño de a pie. Mientras se anuncian logros triunfalistas desde conferencias de prensa, medios oficiales e informes internacionales, la realidad golpea en donde más duele: en las paradas de buses, en los hospitales, en los trámites interminables y en una billetera cada vez más flaca.
Como país, somos expertos en cortar cintas, inauguramos obras a medio terminar y encima justificamos adendas interminables, pero incapaces de ofrecer servicios que funcionen sin excusas. Aquí, los problemas sí que operan como reloj suizo.
Y, aun así, los rankings de felicidad apuntan a que somos un país con un privilegiado indicador de felicidad. El dato mismo provoca risa. Es truculento. Basta recordar nuestro reciente pase al mundial: una noche de alegría y celebración, seguida por basura, caos y desorden desde las redes sociales. Un retrato perfecto del país: euforia para memes, frustración ante nuestra realidad a la mañana siguiente.
Hablar de felicidad colectiva en Panamá parece casi un chiste mal contado.
Panamá ocupó el puesto 41 en el Informe Mundial de la Felicidad 2025, descendiendo desde el puesto 39 en 2024. vivimos en un territorio privilegiado por la geografía, pero desgastado por el enquistado clientelismo.
La gente trabaja más, gana poco y vive con la incertidumbre que no cambia ni con nuevos gobiernos ni con discursos de mejores días para el país. Lo escucho en supermercados y en filas interminables de instituciones donde la paciencia se evapora: tenemos un país hermoso, pero estamos agotados.
La pregunta no es por qué no somos más felices; es por qué deberíamos serlo. La economía crece, sí, pero la bonanza se queda en los titulares de medios tradicionales y digitales. No llega al salario digno y justo, no llega al barrio y no llega a nuestras mesas.
La felicidad está atrapada entre un crecimiento que no mejora nuestra cotidianeidad, una administración pública que parece diseñada para fallar y una cultura oficial basada en la improvisación a la panameña.
Mientras el Canal rompe récords y aparecemos como “modelo económico”, la ciudadanía vive la inseguridad en los barrios, corrupción normalizada, servicios públicos que humillan y un Estado que reacciona demasiado tarde. Aquí no se prevé; se apagan fuegos. Y cada incendio nuevo nos quita bienestar.
Hace poco, la psicóloga forense Lesbia González lo dijo con claridad: urge trabajar en la prevención si queremos aspirar a la felicidad colectiva. Pero hablar de prevención en Panamá es casi subversivo. Prevenir implica planificar, coordinar, pensar a largo plazo —justo lo que el Estado no hace.
La corrupción, descarada o disfrazada, es enemiga directa de nuestra tranquilidad. Nos roba futuro, esperanza y calidad de vida. ¿Cómo ser felices cuando lo estructural se derrumba mientras el discurso oficial nos pide paciencia?
Pero la felicidad tampoco es solo tarea del Estado. También es un ejercicio personal. “Una persona que se ama a sí misma respeta a los demás y no hace daño”, recuerda la psicóloga González.
En un país sin educación emocional, sin espacios para el autocuidado y con relaciones sociales tensas, ese principio básico parece un lujo.
Panamá tiene todo para ser más feliz, pero seguimos atrapados en la contradicción entre el potencial y la realidad. Falta voluntad política, planificación seria y ciudadanía comprometida.
Y falta, sobre todo, aprender a construir felicidad, no celebrarla por una noche, sino sostenerla y defenderla día a día.