Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP

En 2015, el dramaturgo y cineasta catalán Cesc Gay escribió y estrenó Los vecinos de arriba, una obra que parte de una situación cotidiana para desnudar una realidad incómoda: la de una pareja que, tras años de convivencia, ha sustituido la pasión por la rutina y la complicidad por el reproche. La invitación a cenar a los vecinos del piso superior termina convirtiéndose en una confrontación con otra forma de entender el amor, el deseo y la convivencia.
Ahora llega a las carteleras La Invitación, adaptación cinematográfica estadounidense protagonizada por Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz y Edward Norton. La película conserva la ironía y el humor ácido del texto original, pero actualiza sus conflictos para reflexionar sobre las relaciones contemporáneas, donde la intimidad parece cada vez más difícil de construir y la comunicación sigue siendo la gran asignatura pendiente.
La universalidad de su planteamiento explica que Los vecinos de arriba haya sido representada en países como Argentina, México y Panamá, donde se presentó en el Teatro La Estación. Además, ha inspirado adaptaciones cinematográficas en España, Corea del Sur y ahora Estados Unidos. Esa capacidad de cruzar fronteras demuestra que los conflictos que plantea pertenecen a la experiencia universal de convivir con otra persona.
La película dialoga con una larga tradición de obras que han convertido la vida en pareja en un territorio para explorar la condición humana. Resulta inevitable recordar ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, de Mike Nichols, basada en la obra de Edward Albee, donde Elizabeth Taylor y Richard Burton construyen uno de los retratos más devastadores del matrimonio.
También Carnage (2011), de Roman Polanski, transforma una reunión aparentemente civilizada en un laboratorio donde se derrumban las apariencias y emergen las frustraciones y contradicciones de la vida adulta. Aunque parten de premisas distintas, Polanski y Cesc Gay coinciden en utilizar un espacio cerrado y una conversación trivial para desmontar las certezas de sus personajes.
Ingmar Bergman llevó esa disección aún más lejos en Escenas de un matrimonio, quizá una de las reflexiones más profundas sobre el desgaste del amor. Décadas después, Paolo Genovese actualizó ese debate con Perfectos desconocidos, poseedora del récord Guinness por el mayor número de adaptaciones de una misma película, donde una cena entre amigos se convierte en una bomba de tiempo cuando todos aceptan compartir el contenido de sus teléfonos celulares.
El mayor acierto de La Invitación es que, más allá del deseo, la fidelidad o los nuevos modelos de convivencia, termina hablando de algo mucho más complejo: la comunicación. De esas conversaciones que las parejas van posponiendo hasta que el silencio ocupa su lugar. Como en la canción Silencios, de Rubén Blades, a veces lo que no se dice pesa más que las palabras. Quizá por eso su propuesta resulta tan cercana. Porque muchas relaciones no se desgastan por falta de amor, sino por la costumbre de callar aquello que, dicho a tiempo, quizá habría cambiado la historia.