Cine de ruido en salas y silencio en plataformas

Vie, 24/07/2026 - 19:50
Autor:

Carmen Guevara C.

Openhaimer
La historia del científico estadounidense J. Robert Oppenheimer y su papel en el desarrollo de la bomba atómica. Imagen tomada de la web www.google.com/search

 

Un fin de semana cualquiera en la cartelera ofrece un panorama cada vez más predecible: una película de superhéroes, un remake y otra producción basada en una franquicia. Ninguna de estas producciones costó menos de 250 millones de dólares, según Variety, publicación especializada que también elabora cada año los listados de las películas y series más aclamadas.

Las películas medianas, que no eran blockbuster, ni cine de autor, desaparecieron. Y con ellas, el corazón del cine.

Antes, producir una comedia romántica, un thriller, o un drama familiar costaba entre $20 y 60 millones. No se necesitaba ganar mil millones de dólares para ser rentables. Con 120 millones en taquilla mundial ya era un éxito (The Hollywood Reporter, 2024).

Pensemos en El diablo viste a la moda, Juno, El gran hotel Budapest. Películas que se sostenían con un guion, actores y una idea. Ese modelo de película de presupuesto medio, prácticamente se extinguió después de 2018, cuando los estudios decidieron que era más seguro invertir en franquicias o en contenido barato para streaming (IndieWire, 2024).

Hoy los estudios solo apuestan a 2 extremos: o gastas $300 millones “marketing global “en efectos, estrategias que una empresa usa para vender sus productos o servicios en varios países del mundo y en 5 mercados internacionales, o haces una película de $3 millones para plataformas (The New Yorker, 2025).

Casa de dragon
La Casa del Dargon -Original del HBO.

¿Por qué? Porque el riesgo es muy caro. Si metes 300 millones en una película, necesitas asegurar el retorno. Y la forma de asegurarlo es con propiedad intelectual conocida, personajes que ya venden juguetes y escenas que se vuelven virales (UCLA Hollywood Diversity Report, 2024). El estudio no puede darse el lujo de que “no conecte con el público”.

El problema es que, al matar la película mediana, matan también a los directores que crecían ahí. El director estadounidense Martin Scorsese ha señalado que hoy resulta muy difícil conseguir financiamiento para dramas destinados a las salas de cine, salvo que sean producciones de gran presupuesto o proyectos excepcionales, según GQ (2023).

En la misma línea, el director Jordan Peele afirmó en Vanity Fair (2024) que muchas de sus primeras películas difícilmente encontrarían hoy un lugar en la cartelera por no ser consideradas “lo suficientemente grandes”.

Esas historias no dejan de existir, pero cambian de destino. Llegan directamente a las plataformas digitales, donde suelen estrenarse sin grandes campañas publicitarias y sin la experiencia colectiva que ofrece una sala de cine.

Ir al cine se ha convertido en un acontecimiento reservado para los grandes espectáculos audiovisuales: pantallas gigantes, sonido envolvente y efectos especiales que justifican el precio de la entrada. En cambio, si el espectador busca una historia íntima, humana o de menor escala, la respuesta suele ser la misma: esperar unas semanas para verla en casa. Según Box Office Mojo (2025), la reducción de la ventana de exhibición en cines ha acelerado precisamente ese modelo de consumo.

El cine no desaparecerá. Sin embargo, si esta tendencia continúa, podría consolidarse una industria dividida en 2 mundos: el ruido de las grandes franquicias en las salas y el silencio de las mejores historias escondidas en las plataformas.