3 de noviembre: Deconstruyendo los ardientes fulgores de gloria

Vie, 28/10/2022 - 20:09
Autor:

Prof. Enrique Avilés/ Docente e investigador asociado del IIH-UP

La historia de bronce exalta los personajes de la fundación de la república, arrinconando toda recriminación a los mismos. Lo anterior es comprensible para una enseñanza estatal, cuyo fin es inculcar ese sentido identitario y unificador en una sola expresión libertaria de república. Ante esta posición surge la extrema visión de una separación hechura de intereses foráneos, dejando las acciones de los próceres prácticamente anuladas.

Para los historiadores no existen posiciones maniqueas al respecto, pues debe abordarse el hecho histórico, sin pasión ni indiferencia, teniendo presente que la separación resulta de una confluencia de intereses en la que es indiscutible que la idea de secesión fue gestada inicialmente por los próceres y no por Wall Street, ni la Nueva compañía del canal, ni el ejecutivo estadounidense, independientemente que en esa vorágine de intereses unos eclipsen más que otros, o así lo parezcan.

En ese sentido, precisa comprender que el eclipse total sobre la separación cayó el 18 de diciembre de 1903, con la firma del tratado Hay-Bunau Varilla, que comprometió el desarrollo del Estado, dejándolo en condiciones de mediatización. Recriminar que todo lo aceptado en el tratado pudo rechazarse por los próceres es poco realista, pues no tomaría en cuenta que, ante una revocatoria del apoyo y reconocimiento de la causa por parte de los Estados Unidos, sus vidas y propiedades, podían haber tenido un desenlace fatal en manos de Colombia, dado que la traición se pagaba con muerte y expropiación. Ahora bien, obviar que el mismo tratado salvaguardaba el poder de los sectores separatistas, sería muy cándido. El tratado puso en entredicho todos los elementos que constituyen un estado como lo son: población, territorio, gobierno y soberanía; creando una república a la medida estadounidense para construir un canal y hegemonizar el mismo.

Así, se estableció un protectorado al garantizar Estados Unidos la independencia de Panamá, pues ningún Estado independiente requiere que otro garantice eso. De más está decir que esto mandaba un mensaje claro a Colombia. Se le concedió a perpetuidad a Estados Unidos parte del territorio para la construcción del Canal, o sea la república entregó una parte elemental de su conformación como Estado. Se otorgó autoridad a Estados Unidos para que ese territorio lo administraran “cual, si fueran soberanos”, e Igualmente se les cedió el monopolio para la construcción de cualquier comunicación interoceánica.

Lo más visceral es que expuso a su población panameña al permitir a Estados Unidos intervenir para mantener la paz pública y el orden constitucional. Apropiado esto para los sectores dominantes y nefasto para los sectores populares y medios. En definitiva, el pacto selló nuestra historia durante el siglo XX. Así en 1903, surgimos ardidamente como república, pero lo que no debemos olvidar es que los fulgores los puso, en el devenir de un siglo de lucha, un pueblo que no escatimó en buscar la gloria de la recuperación total de nuestro territorio. ¡Viva Panamá!