Alberto A. Araba M. /Facultad de Humanidades
El deporte a lo largo de su historia, ha sido forjador no solo de la apoteosis de grandes personas que hoy quedan en el legado y conciencia de la humanidad, sino que, además ha sido en algunos momentos el impulsador de una conciencia social hacia el fin que este siempre aspira en su realización que es la victoria y la gloria. En la Grecia clásica, el sentido deportivo en las Olimpiadas era un signo de hermandad entre los pueblos.
En la Roma de los césares, era utilizado como “pan y circo” para aplacar a la muchedumbre e inclinarla hacia uno u otro gran estratega, en la Edad Media y Moderna, los pueblos y ciudades utilizaban rudimentariamente el deporte como la argamasa que consolidaba su sentido de comunidad y ya hoy en la edad contemporánea, el deporte es uno de los pilares fundamentales que sostienen nuestra percepción de nacionalidad y fraternidad global.
Como hemos podido observar, el deporte ha estado enlazado irremediablemente a la praxis del hombre a lo largo de su historia y se entiende por tanto que sin duda el alma de esta praxis deportiva ha de ser la ética, que es la que ha puesto los parámetros necesarios para que el deporte se desarrolle con objetivos y límites que hagan entender que más allá de un juego, seguimos siendo humanos.
Es por ello, que hoy día en que seguimos realizando lo que denominamos como deporte, todos nosotros los que somos algunos más y algunos menos “deportistas” debemos tener claro que no podemos practicar deporte alguno estando alejados del entendimiento ético, que no es solo saber que debemos hacer el bien, sino que, en los deportistas y hacedores del deporte, estamos obligados a saber qué es la ética de la mano de aquellos que la estudian.
Hoy podría considerarse sumamente peligroso que un deportista, árbitro, institución o un promotor deportivo no tengan las nociones mínimas del conocimiento ético que se enseña por medio de la profesión filosófica, puesto que en estos momentos, sobre todo, los deportistas son un faro no solo para sus familias, sino para cientos de personas cada vez que se elevan por la escalera de la victoria; su actuar en el campo de juego y en su vida pública serán medidos por la ética que estos tengan asumida y reflejen, siendo imitados por aquellos que lo tengan como modelos, sobre todo, las nuevas generaciones que siempre ansían de héroes deportivos.
El conocimiento de la ética para todos los que estamos relacionados al deporte es la máquina que tonifica nuestro espíritu ya que, aunque no se vea físicamente en nuestro cuerpo, si se verá en nuestros actos continuos y más si estos serán visto por muchos, esperando por ello que, buscando siempre hacer lo correcto que es el fin ético, nuestra sociedad los vaya imitando hacia un nuevo círculo virtuoso gracias a la ética en nuestra praxis deportiva.