Se levantó ese día temprano. Lo había planeado desde la noche anterior. Correr por el Caseway, perdón la Calzada Amador. Cuatro, cinco seis millas de ida y vuelta, una y otra vez. De esa manera, aliviaría la frustración, de que tú ya no me quieres, de que voy al correo y el apartado está vacío, de que me dijiste que te esperara y aquí estoy todavía recordado cada frase, cada beso. Aquella noche en el bar donde veíamos la ciudad, aquella excursión a la playa, nuestras desesperadas búsquedas dentro de la multitud y al encontraros ya no existía nadie más y todos decían que estábamos locos y aquella noche, la despedida, me vas a olvidar, no, nunca, todo era muy cursi y todo era muy bello; aquellas frases lapidarias, me serás fiel, sí, hasta que la muerte nos separe. Mientras que se ponía las zapatillas Reebok, pensaba que esta anhelada carrera le haría bien, que olvidaría la espera del contrato aquel, de los meses que habían recorrido escritorios, con un jeroglífico de firmas, cuando estaba llegando, siempre faltaba una o al funcionario lo cambiaban. Había que empezar otra vez, pero no importa, al final recibiría el pago de los meses acumulados, la financiera entendía, pero para hacer la espera leve, correr era bueno, sentir el aire del mar en pleno rostro, sentirse ágil, flexible, volar con esas zapatillas que cada día se hacían más livianas, casi corrían solas, pero el asunto era llegar a la meta, porque al final esa era la única meta a la cual podía llegar y sentirse plenamente realizado.
Corría una y otra vez desde el club de oficiales a la playa. Había puesto una roca blanca que distinguía desde que empezaba su carrera. Mientras realizaba el recorrido contra ese desencanto interior, se decía, qué bien, al fin tenemos algo estas islas también nos pertenecen, ese Torrijos fue un campeón, yankee go home, esta libertad no la cambio por nada, esta tierra no la vamos a devolver, bandera que ondeas en el Cerro Ancón, con contrato o sin contrato aquí me quedo. De aquí no me voy. Había corrido seis millas, cuando advirtió que estaba solo. Los corredores habituales no habían acudido. Regresó al auto junto al Club de Oficiales en pocos minutos. Dos tanques enormes USA clausuraban la entrada. Un contingente de soldados le impedía cruzar, decidió regresar, corrió con mayor celeridad, el miedo lo ayudaba, al llegar a la playa soldados norteamericanos desembarcaban en una enorme barcaza. Corrió y jadeante se sentó en medio de la calzada. Si mi memoria no me engaña, este territorio es nuestro, aquí traje a mi novia, aquí he corrido con el coronel Pérez, boca arriba sobre la hierba, observó con asombro la hilera de helicópteros, los aviones, las lanchas rápidas y artilladas. Recordó haber leído en los periódicos que algo iba a pasar, la invasión. Cerró los ojos, esperó el tiro de gracia, las balas que se colarían por su cuerpo, la bomba que lo haría desaparecer junto al paisaje. Un ruido lo ensordeció, un fuerte golpe le hizo perder la noción del tiempo, allí, en la meta.