Del Director: La Natividad

Vie, 06/12/2024 - 16:52
Autor:

Abdel Fuentes C. /Director del Semanario La Universidad

 

La “Natividad o Navidad” de Jesús suscita comprender su hermenéutica. Natividad procede del latín nativitas, que deriva de nativus, es decir, que nace. Las exégesis complican la comprensión de su existencia, en toda su extensión conceptual, debido a los entornos proféticos, históricos, teológicos y religiosos de dicha natalidad, que no necesariamente ocurrió para estos días.

En la tradición cristiana, hoy, escenario mercantil y de consumo, se trata del alumbramiento de María, tras estar desposada de José -descendiente de un controvertido monarca, David, el Rey de Israel-. No obstante, José, según la teología cristina, no era padre biológico de Jesús porque la fe doctrinal enseña que su nacimiento es milagroso. En términos sencillos, emanó de la deidad.

Para los historiadores escépticos, Jesús fue un rebelde, sedicioso político, sin ningún toque divino. Sus captores y verdugos -judíos y romanos- lo juzgaron y condenaron. Hoy, muchos, quienes dicen seguirle, hacen lo mismo tras su aberrante conducta cristiana.

El término Mesías exige superar el abismo que separa al lector del texto sagrado. Por ejemplo, eventos históricos, cultura, tiempo e idiomas. El Mesías es el ungido, el escogido por Dios para salvar, ¿salvar a quién? A quienes aceptan su redención.

El teólogo alemán Joaquín Jeremías (1980), en una de sus obras, Teología del Nuevo Testamento, demuestra que Jesús se concibió a sí mismo como el Hijo del hombre, el que trajo consigo la salvación. En aquella época el término era desconocido por el judaísmo palestinense.

Jesús es el maestro mesiánico, quien inicia la comunidad de salvación. Se trata de una nueva relación entre el mortal y el Dios Padre. Enseña a los discípulos a cómo orar. Debe trascender más la evocación de una fórmula sustancial y reflexiva, que una liturgia textual que suele memorizarse e imitarse de forma literal. La fórmula alude a una pluralidad de acciones: intimidad con el Padre a la que el israelita no disponía de una comunicación directa. Implica la adoración y exaltación a su nombre y a su santidad; el “Yo Soy”, el Eterno Ser, Yahvé, o Jehová, etc.

Además, rogar por la venida del reino, es decir, el Gobierno divino. ¿Será debido a la existencia de pseudogobernantes autoritarios que pretenden esclavizar a la humanidad?

Asimismo, la súplica por la voluntad divina: “En el cielo y en la Tierra”. ¿Será que cada vez más es obligante implorar a La Providencia para que la perversidad humana y espiritual no venza? Pedir por la subsistencia física -la ayuda cotidiana-, y por qué no, para que ayudéis al que nada tiene en cualquier época.

El modelo mesiánico concluye con 3 súplicas; perdón por los pecados cometidos. Pero, presenta una condición, “perdonar a tu semejante”. La segunda y tercera es el ruego para evitar caer en la tentación, y el mal. ¿A qué se referirá? Será oportuno mirar la ética cristiana que nos ayuda a sopesar entre incurrir en una falta -sin olvidar que la ética no se enseña, se tiene o no-. ¿Y el mal? ¿Será lo místico de una figura espiritual, o todo lo que atenta contra la humanidad? La deshumanización avanza cada vez más, y arrastra consigo a religiosos y a paganos.

Un consejo genuino para conmemorar la Natividad sería reactivar la fe mediante el ejercicio de la fórmula de súplica al Padre que Jesús regaló a sus discípulos, cuando después de ser niño, crecía en sabiduría, estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

¡Feliz Natividad!