Rainer Tuñón C./Director de Información y Relaciones Públicas de la Universidad de Panamá.
José Carr vive en la rosa, en su estación y en el reino con sus seres amados; en la memoria de este pueblo, a través de los discursos de mandatarios y en las páginas de libros, periódicos, revistas, semanarios y poemas que siempre dedicó a su tierra.
Lo conocí en mi adolescencia, entre mis versos queridos y piezas de ajedrez, con arpegios y acordes que se ensañaban con bella melodía. Compartimos con nuestras familias los dolorosos días de la Invasión a Panamá, y volví a encontrarme con él, años más tarde, en las lides del periodismo como corrector, editorialista y entusiasta cocreador de un magnífico suplemento cultural llamado Tragaluz. Fue docente de literatura universal, latinoamericana y panameña en colegios de enseñanza media, así que generaciones de muchachos se acuerdan de las clases del profesor Carr.
En el periodismo, los colegas reconocían la maestría, el pensamiento crítico y estratégico del poeta, así como su vasto conocimiento en temas legales y culturales, el fino sentido de solidaridad y la nobleza en su panameñidad. Claro, también se destacaba por su muy especial sentido del humor y el fuerte carácter en cada mesa editorial en la que participaba.
Reporteros, editores y directores respetaban al poeta, a tal punto que lo incluían en las tenidas posteriores a los cierres de edición, de la misma manera que, años más tarde, los equipos de gestión en la Presidencia de la República se le acercaban para consultar sobre lo que surgía durante las horas de oficina o lo que ebullía al trote de una situación de impacto en el día a día gubernamental.
En el Ministerio de Cultura destacan sus días como encargado del Departamento de Letras, cuando era el Instituto Nacional de Cultura, y algunos colegas refrescan sus pasos como asesor cultural en el Municipio de Panamá.
Eso sí, su obra, con importantes piezas inéditas, deberá ser rescatada. Durante su carrera literaria, triunfó en el premio Pablo Neruda de 1984, 1985 y 1986; fue segundo premio en el Ensayo Universidad de Panamá de Ciencias y Tecnología (1985); alcanzó el premio Signos de Joven Literatura (1987); el Torneo de Poesía de Verano del Instituto Nacional de Cultura (1988 y 1989); el premio Amelia Denis de Icaza (1986); el Premio Nacional de Literatura Infantil Medio Pollito (1987); los Primeros Juegos Florales Universitarios (1988); el premio de cuento César Candanedo del Municipio de David, Chiriquí; el premio León A. Soto del municipio capitalino (1986, 1988 y 1990); y el máximo galardón de la literatura panameña: el Concurso Nacional de Literatura Ricardo Miró, en poesía con La Rosa contra el muro (1991), Estación de la sangre - Elegía en dos tiempos (1995) y Reino adentro (Más allá de La Rosa) (2006).
Aquellos que mantenemos a Carr, su presencia y trascendencia en nuestros corazones, celebramos la pluma y la hidalguía en su ser. En el canto octavo del Soliloquio del fusilado, pica y extiende lo siguiente: (…) más recuerda que fui dulce y angustiado como un soplo de rosa / que fui breve, besado por el sol y las palmeras / toma mi sangre, ya todo lo he dado / mañana volveré, multiplicado.
Así es la memoria, por ende, su postura.