Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP

Íncel o célibe involuntario es un término utilizado en la subcultura de algunas comunidades virtuales para identificar a individuos que manifiestan no ser capaces de sostener nexos románticos o sexuales con mujeres (como desearían), ni se relacionan con damas con las que quisieran tener algún tipo de vínculo social.
Dentro de esta subcultura, integrada en lo que se conoce como la manosfera, se manifiesta una visión profundamente hostil hacia las mujeres y su entorno, construida desde una narrativa que rechaza y cuestiona abiertamente al feminismo. Debbie Ging, por ejemplo, en su obra Alphas, betas, and incels: Theorizing the manosphere. Men and Masculinities, explica que “la manosfera promueve una cultura de resentimiento masculino que alimenta el odio de género y legitima la violencia simbólica y real contra las mujeres”.
En este ecosistema digital del discurso del íncel existe una marcada misoginia, misantropía y una inquietante apología de la violencia emocional y sexual contra las mujeres. Además, estos grupos no solo desprecian a las mujeres, sino que también atacan a otros hombres que logran relaciones afectivas o sexuales, a quienes consideran traidores a su causa. En conjunto, este fenómeno configura una peligrosa forma de supremacía masculina que se reproduce y fortalece en comunidades virtuales cada vez más radicalizadas.
Tal vez estas palabras tan llenas de lecturas y análisis entre líneas no estuvieran tan de moda en la conversación social de no ser por el impacto causado al ver la miniserie Adolescencia, disponible en Netflix, que ha llegado a convertirse en tema de discusión cultural gracias a la representación de este problema, a través de su personaje principal, Jamie, un chico de trece años acusado de asesinar a una compañera de clases.
Lo peligroso de estas nuevas formas de conductas es que se ponen de manifiesto desde la pubertad y el uso de las redes sociales, lo que deja sin mayores argumentos ante las formas conocidas de educar, vigilar, comprender y apoyar a nuestros hijos.
Adolescencia es un vivo ejemplo de lo que esta subcultura representa en el comportamiento de grupos de jóvenes varones que sienten rechazo afectivo y sexual, mientras consumen la oferta de las redes sociales en donde se refuerzan los códigos de conducta y el tóxico sistema de valores basados en la sexualización.
Más allá de su impecable factura técnica, su poderoso elenco y el uso del recurso de una sola toma visto en cada episodio, esta producción nos presenta cómo estos discursos van afectando la salud mental de los muchachos que llegan a replicar comportamientos violentos, y de la misma manera se retratan las consecuencias de actos que impactan en la vida de las familias y los círculos sociales en donde se dan estos acontecimientos cuando se ponen en evidencia la radicalización, los conflictos dentro de casa, en la escuela y en los barrios en donde nuestros hijos se conducen, con lo cual debemos estar alerta ante el impacto de la construcción de esta incorrecta forma de cultivar la identidad masculina.