Carlos Ivan Caballero G.
Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Lucas 22:42. Dicho versículo muestra con claridad la humanidad del Señor Jesucristo. El pasaje hace visible en el huerto de Getsemaní, cómo el Señor desfallece en medio de una oración agónica, a través de la cual expresa los primeros síntomas del padecimiento que le espera.
El Señor siente con claridad el peso del fatídico desarrollo de una sentencia que lo declarará culpable siendo inocente. Lo que está por sucederle en las próximas horas se condensa en esta oración que deja ver la condena, el sufrimiento, la crucifixión y muerte.
Cristo lo expresa de esta manera al decir: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Mateo 26:38 [RV60].
El sufrimiento era visible, su condición de hombre lo hundió en agonía extrema que lo mantuvo en sufrimiento y sin fuerzas; postrado en el suelo del huerto, buscando el auxilio celestial. Durante esa fría madrugada el Señor reconoció que todo el padecimiento, que allí iniciaba, era por el peso del pecado del hombre.
Cristo siempre supo que sería víctima del odio que expresaba de manera pública la clase religiosa, que, por más de 400 años, habían actuado a través de reglas escritas, suplantando los Diez Mandamientos, Lucas 18: 32. Según ellos, las reglas establecidas eran el cumplimiento de la Ley de Dios.
El Señor que sanó enfermos alimentó multitudes y resucitó muertos, en Getsemaní se encontraba en condición crítica. Sabía que los celos malsanos se combinaron en la mente malvada de un grupo de hombres religiosos, Juan 1:11. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Según los escribas y los fariseos estaban en lo correcto al matar al Dios Creador.
Desde que Jesús decidió en su trono celestial que sufriría por el pecado del hombre, tuvo claro el padecimiento y la agonía que le esperaban.
En Getsemaní se quebrantó al observar la cruda verdad de la depravación humana. Comprendió que el hombre se dejaría llevar por sus instintos decadentes y bajos para matarlo, Lucas 22:53.
El Señor, que eligió a Israel como su pueblo, observó cómo su propio pueblo lo crucificó, Lucas 23:23. Una vez más la maldad del hombre guiada por sus crueles pasiones se levanta y prevalece. A través de estos pasajes se observa la intensidad de la maldad humana en su máxima expresión.
Nada ha cambiado, han transcurrido más de dos mil años, y la maldad del hombre continúa anidando en lo interno de su corazón. Hoy no se construye una cruz para crucificar al Señor, pero si se edifica la mala crítica, la soberbia y la maldad en corazones pendencieros que prefieren mantener este estilo de vida.
El odio hacia los demás no se detiene debido a la preferencia de su corazón. No es necesario que llegue la Semana Mayor para reflexionar acerca de lo bueno y lo malo. Es necesario que en todo momento y en cada día del año se haga el bien.