Carmen Guevara C./Fotos : Carlos Caballero

Panamá, espera la Semana Santa, prevista a ofrecer una amplia agenda de eventos religiosos y culturales tradicionales, en la ciudad capital y el interior del país.
El Casco Viejo se convierte en el epicentro del turismo religioso durante la Semana Santa Internacional, que atrae a miles de visitantes. Inicia el Domingo de Ramos con la procesión de la “Borriquita”, un evento que recuerda la entrada triunfante de Jesús a Jerusalén,
Esta actividad, de acceso libre y gratuito, se ha convertido en una cita destacada del calendario en la ciudad. Con cada edición en el Casco Viejo, la celebración ha ido ganando notoriedad, atrayendo no solo a locales, también a turistas que buscan conectar con la cultura y espiritualidad panameña.
Los distintos templos de la ciudad volverán a cobrar vida con un espectáculo de luz, música y ceremonias eclesiásticas en recordación a la crucifixión, muerte y resurrección de Cristo.
En estas fechas, también se da el éxodo de personas que se trasladan desde la ciudad hacia distintos pueblos del interior y otros destinos atractivos para miles, que, como es costumbre, procuran reencontrarse con familiares y amigos. Los pueblitos se llenan de miles de visitantes interesados en conocer cómo es esta particular fiesta o días de esparcimiento.
Algunos destinos para vivir una experiencia de fe y cultura son: Pesé, Herrera; Montijo y Río de Jesús en Veraguas; La Villa, Los Santos, y Alanje, Chiriquí.
Las procesiones inician en la tarde y acaban de madrugada, llenando la ciudad de imágenes religiosas, pasión y olor a incienso.
¡Todo un arte para vivir y disfrutar!
Tradiciones de los pueblos
La Semana Santa cuenta con un sinfín de anécdotas y curiosidades.
El doctor Alexander Pérez, decano de la Facultad de Medicina Veterinaria, retrotrae de su infancia que la tradición en Ocú era la realización del Vía Crucis, una devoción centrada en los misterios dolorosos de Cristo, que se medita y contempla caminando y deteniéndose en las 14 estaciones que representan los episodios más notables de la Pasión.
Durante los viernes de Cuaresma, se hacía el Vía Crucis con 14 estaciones en el pueblo. La peregrinación salía de la Iglesia de San Sebastián hasta la comunidad de Hatillo a 2 kilómetros de distancia.
Una de las 14 estaciones se hacía en la casa de mis padres, los feligreses oraban y antes de la salida del hogar se les ofrecía agua o alguna bebida refrescante.
También, para los días de la Semana Santa en el atrio de la iglesia se realizaba el acto de la Pasión de Cristo, coordinada por el sacerdote Domingo Bastera y luego la tradición la continuó el sacerdote Pablo Velasco, párrocos españoles por los años 70 y 80 en el distrito de Ocú.
Pérez también menciona que se acostumbraba hacer dulce con la cáscara de la naranja agria, el tradicional chicheme y el dulce de marañón con pepita.
Casi siempre se recibía la visita de familiares que residían en la capital y se compartía.
Elías López Otero, decano de la Facultad de Ingeniería, criado en la ciudad capital, en el barrio de San Miguel, Calidonia, de raíces interioranas, Pocrí de Aguadulce y Tolé, comenta que pasaba los 3 meses de vacaciones en Chiriquí de donde era oriunda su madre.
Para nosotros la Semana Santa en familia era de mucha solemnidad y respeto a la fecha.
En el ámbito gastronómico relata que tenía una mezcla de tradiciones. En la ciudad, convivía con afroantillanos, recuerdo las comidas como el bon, el enyucado y marisco. Degustábamos el bacalao, “para esa época era comida de pobre, ahora es de lujo”, agrega.
La Semana Santa en la ciudad de Panamá: segunda mitad del siglo XIX

La Estrella de Panamá, en su edición del domingo 27 de marzo de 1853, publicó una reseña interesante y completa de los actos de celebración de la Semana Santa en la ciudad de Panamá.

Al respecto decía: El Domingo de Ramos, a las cuatro de la tarde sonaban las campanas anunciando el inicio de la procesión del Salvador en su borriquito, esta recorría la calle recta del arrabal y la de la merced hasta el templo de las Monjas donde era desmontado y el borrico se le alimentaba con bizcochuelos y vino.
Aparentemente, la estatua de Jesús permanecía en el templo señalado. El lunes nada extraordinario ocurre, en las calles solo grupos de niñas son conducidas al templo para que comulgasen y recibieran una medalla de cobre. El día martes, sucede lo mismo que el lunes. El miércoles, el sacerdote carmelita recorre los templos. Jueves suenan las campanas en señal de duelo, los feligreses acompañan a María en su dolor y visitan la tumba, el sacerdote con unos 71 muchachos recorre las calles y en los templos las jóvenes se arrodillan ante los monumentos decorados. Este día, además, el sacerdote hace las veces de Jesucristo y lava los pies a los doce apósteles - doce mendigos que después de la ceremonia recibieron un sombrero, un par de zapatos y un peso en plata-.
Viernes, las tiendas estaban cerradas y los fieles encerrados en sus casas esperando las campanadas que anunciaban la procesión de las ocho, en la cual treinta o cuarenta milicianos van tras una anda con las armas a la funerala. Estaban vestidos con chaquetas azules, pantalones blancos y gorros o sombrero.
El sábado, los feligreses dan muestra de regocijo por la resurrección del Salvador. Según Letts, J.M. en su obra California illustrated: including a description of the Panama and Nicaragua routes, publicada en 1853. El Viernes Santos era el día más importante de las celebraciones religiosas, y ello quedó demostrado en la solemnidad y magnificencia de la procesión realizada por la ciudad a inicio de la década del cincuenta del siglo XIX.
Ida Pfeiffer, I. escribió en Lady’s Second Journey Round the World que algunos extranjeros consideraron espantosas las formas como eran decorados los templos católicos y otros no guardaban el respeto debido ante las creencias religiosas de los citadinos y sus centros de adoración.
Robert Tomes, escritor estadounidense, en 1865 relató el incidente provocado por unos estadounidenses que entraron en un templo de la ciudad montados en caballos, sin el menor reparo del lugar de sacralidad para los citadinos. Por ello, los panameños siempre mantenían una actitud de recelo ante los foráneos
En 1860, cuando los aires del liberalismo radical impregnan el ambiente, La Estrella de Panamá pedía confinar las procesiones de Semana Santa en el interior de los templos católicos, apelando a la ley de tolerancia religiosa. Con todo, las celebraciones religiosas eran una forma en que los citadinos guardaban contacto con su fe y la promulgaban. Ellas eran reflejo de su cultura, de su universo de creencias terrenas y escatológicas.