Comunicación gubernamental ¿Crisis mediática o informativa?

Vie, 06/06/2025 - 15:47
Autor:

Omar Joseph /Relacionista Público

 

Este contraste intenta otorgar una mirada sobre el manejo comunicacional en contexto con la crisis actual.

José Lasso
Mgtr.: José C. Lasso (J.L) Sociólogo

Cómo percibe la comunicación gubernamental en contexto con la crisis social que atraviesa el país?

J.L. La comunicación ha sido rota, principalmente por los actores que en alguna medida tienen intereses relacionados con la ley 462; estamos hablando de todo el pueblo panameño. Claro, llámense gremios organizados como Suntracs, pueblos indígenas, Sal de las Redes y mucha población que está en un descontento frente a la ley.

El Gobierno debería construir los puentes necesarios para generar un diálogo como mecanismo de comunicación. Contrario a ello, ha generado un cerco mediático que trata de desprestigiar la lucha, llamando mentirosos a los que protestan y a quienes se quejan de la ley, y la mina.

Debido a los cercos mediáticos las protestas no se transmiten como deben transmitirse. No se generan los espacios para que los grupos en conflictos expongan sus diferencias. Los medios tradicionales solo entrevistan a empresarios y ministros. No hay una versión distinta.

Rainer Tuñon
Mgtr.:Rainer Tuñon (R.T) Periodista y Comunicólogo

R.T. La comunicación gubernamental, en este contexto crítico, ha oscilado entre lo reactivo y lo defensivo. A grandes rasgos, no se percibe una estrategia o narrativa cohesionada que brinde certeza, certidumbre o empatía con el ciudadano, tanto en redes sociales como en la calle.

El Gobierno parece más preocupado por controlar el mensaje que por dialogar con la sociedad. Olvidamos que, en medio de una crisis, la ciudadanía no solo necesita datos, cifras y números fríos, sino una voz cercana, clara y comprometida con soluciones reales en tiempos donde se requieren respuestas que permitan construir confianza y bonanza. Nos hace falta la escucha activa en vez de la retórica institucional. Además, los muros discursivos amenazan con aumentan el malestar.

¿Qué opina acerca de los mensajes semanales del Presidente sobre la situación actual?

J.L. Generalmente, no aporta mucho. Al inicio solo da anuncios muy vagos con respecto a algunas acciones pequeñas. Creo que así no se administra el Gobierno. El tema que realmente preocupa a la población es que el país está en llamas. Pareciera no tener interés en la situación como tal y por el contrario el argumento siempre es desprestigiar “son grupos pequeños, comunistas” y los únicos que están molestos.

Creo que no ayuda que cada jueves, en vez de tratar de mediar y bajar la tensión, pareciera que le echa más leña al fuego.

R.T. Los mensajes semanales del Presidente son una herramienta muy útil que promueve transparencia, pero han derivado en una práctica comunicacional la cual le hace falta la sensación de ser un canal de verdadero diálogo.

Se construyen mensajes para defender una gestión, pero se sienten forzados al momento de asumir responsabilidades o anunciar cambios profundos.

Por muy buenas intenciones que tenga el mandatario, su liderazgo debe sentirse más cercano a la población, por el bien del país, en un tono que promueva firmeza con esperanza en un panorama real.

Los mensajes deben incorporar datos verificables e irrefutables, reconocer errores con humildad, explicar decisiones difíciles con empatía y proyectar un horizonte de acción con metas claras y medibles.

¿Cree que las redes sociales enturbian la información o la aclaran?

J.L. Las redes sociales son el único medio de comunicación abierto que toda la población está utilizando. Creo que se ha estigmatizado de una manera, y que precisamente por culpa de los medios de comunicación tradicionales, la gente ya no cree en los noticieros.

El pueblo se está alimentando de información a través de las redes y esto es peligroso porque circula de todo, verdades y medias verdades, mentiras y los discursos de posverdad están en el medio. Y es bastante peligroso pero la población es la única alternativa que tiene porque estamos más que claros que los medios tradicionales han creado un cerco mediático.

R.T. Las redes sociales son un espacio ambivalente. Por un lado, democratizan la expresión y permiten que voces antes silenciadas irrumpan en la agenda pública. Por otro, amplifican la desinformación, las emociones extremas y el juicio inmediato.

En nuestro caso, las redes han servido para visibilizar demandas ciudadanas y abusos institucionales, pero también han contribuido a la fragmentación de la opinión pública.

El problema no es la red social en sí, sino la falta de alfabetización mediática, así como el déficit de medios profesionales y comunicadores con credibilidad y calidad informativa que contrasten, verifiquen y expliquen los hechos con contextos y análisis situacional.

¿Hay intransigencia desde el Ejecutivo?

J.L. Por supuesto, estamos de acuerdo que hay intransigencia en el Ejecutivo, lo hemos planteado. En la homilía, monseñor Ulloa lo dijo; y todos estamos de acuerdo en la intransigencia en la que incurre el Presidente. Las encuestas dicen lo que el soberano plantea, pero al Presidente no le interesan las encuestas, estas que le dicen que está obrando mal y con su intransigencia recure principalmente en mantener la medida y no generar los diálogos respectivos para corregir la ley.

R.T. Hay señales de intransigencia institucional. El Ejecutivo ha mostrado poca disposición a construir consensos reales con sectores sociales, ambientales y productivos. Se impone una visión unilateral del país, en donde el poder central toma decisiones sin el necesario diálogo democrático.

Esta actitud alimenta la desafección y la protesta. Panamá vive un momento en que se necesita más que nunca liderazgo empático, concertador y transparente. La intransigencia, lejos de resolver la crisis, la prolonga y profundiza.

El país atraviesa un desafío de confianza que se agrava cuando el Gobierno comunica desde la imposición y no desde la participación. La ciudadanía exige más coherencia, menos monólogos y más escucha. El futuro del país depende en gran parte de cómo se reconstruyen esos puentes comunicacionales entre el poder y la gente.