Cuando se caen las caretas

Vie, 27/06/2025 - 20:11
Autor:

Carlos F. González M. /Psicólogo docente

 

En los últimos cinco años, dos acontecimientos de gran impacto han permitido cuestionar la realidad imperante y observar con mayor claridad lo que, hasta entonces, el velo de la distracción y la rutina no dejaba ver.

Estos hechos son la pandemia del COVID-19 y, en el caso de Panamá, la imposición de medidas antipopulares por parte del gobierno actual. La pandemia no solo fue una crisis sanitaria: se convirtió en un espejo global que reflejó la fragilidad de nuestros sistemas sociales, económicos y políticos.

La desconfianza hacia las medidas de salud impuestas, la resistencia de amplios sectores de la ciudadanía y las controversias alrededor de la gestión pública no fueron fenómenos aislados. Por el contrario, revelaron una profunda desconexión entre la población y las estructuras que supuestamente la protegen. Se cuestionaron prácticas médicas, decisiones políticas, prioridades económicas, e incluso la veracidad de la información oficial. En pocas palabras, la pandemia desnudó al sistema.

En Panamá, el descontento social ha alcanzado nuevos niveles a raíz de las decisiones impopulares tomadas por la actual administración. Esta situación ha sacado a la luz una dolorosa verdad: muchos valores, creencias y prejuicios que se creían superados, en realidad, siempre han estado allí, apenas ocultos tras un barniz de modernidad. Se hace presente la frase: todo cambia para que nada cambie.

Vivimos en una sociedad que muchas veces actúa por apariencia. Se crean organismos, se firman acuerdos y se adoptan discursos de inclusión, tolerancia y respeto, más como una respuesta a presiones internacionales o exigencias de financiamiento externo que por convicción interna.

Se proyecta una de tensión, esa fachada se desploma, dejando al descubierto una estructura aun marcada por la exclusión, el clasismo y la discriminación. La invitación, entonces, es a una revisión honesta y profunda de nuestras creencias, valores y percepciones.

Debemos preguntarnos si realmente aspiramos a construir una sociedad inclusiva, o si, en el fondo, preferimos mantenernos cómodamente dentro de esquemas excluyentes. La naturaleza humana tiende a rechazar lo diferente, sí, pero también tiene la capacidad de evolucionar hacia la empatía, la convivencia y el respeto mutuo. Momentos de crisis como el actual tienen el poder de revelar nuestro verdadero rostro.

Cuando se caen las caretas, emerge el yo auténtico. Y esa revelación, aunque incómoda, puede ser el punto de partida para construir una sociedad más sincera, más justa y más humana. Panamá es un país conformado por una rica diversidad de grupos humanos, culturales y sociales.

Esa es su mayor fortaleza. Sin embargo, pese a múltiples esfuerzos por lograr una integración real, todavía queda un largo camino por recorrer. La pregunta urgente es: ¿tenemos la voluntad genuina de avanzar hacia una sociedad realmente integradora e inclusiva, o seguiremos sosteniendo la farsa?