Rainer Tuñón C. / Director de Relaciones Públicas de la UP

La inmortalidad es uno de los grandes temas universales que, desde las bellas artes, es presentado como un don divino, un privilegio deseable por héroes y villanos; aunque también, una eterna maldición.
El cine tiende a retratar la inmortalidad más como una carga en la sociedad, subrayando que vivir y morir es precisamente lo que da significado a la vida. En el cine fantástico, los héroes pueden recibir inmortalidad como premio a su valor o pureza, como sucede con algunos personajes mitológicos.
Uno de los ejemplos más recordados viene por la película de culto Los Inmortales, de Russell Mulcahy, sobre Connor MacLeod (Christopher Lambert), un guerrero escocés que descubre que es inmortal y debe luchar contra otros inmortales en una batalla mortal para determinar el destino de la humanidad. Allí se presenta la dualidad de la presencia del inmortal en la Tierra y su enfrentamiento frente a la pérdida de seres queridos a lo largo de los siglos.
También, el ejemplo de Drácula y todos los filmes que se han estrenado en relación a la historia del mítico personaje, ha permitido retratar a la inmortalidad como una pesada carga llena de luchas emocionales, psicológicas y filosóficas, pero desde el cine de terror.
En el cine dramático, Lee Toland Krieger dirigió La era de Adaline, que acerca a la preocupación sobre el precio de la inmortalidad a través del retrato de su protagonista (Blake Lively), que casi pierde la vida y se convierte en una joven eterna que experimenta con la soledad y la reinvención apenas cumple los ciclos de vida de sus seres queridos y cercanos.
La comedia de Robert Zemeckis, La muerte le sienta bien, con Goldie Hawn y Meryl Streep, narra en tono oscuro la rivalidad y la eterna belleza para mostrar los extremos y consecuencias de la vanidad y las presiones sociales sobre aquellos que desean estar vivos por siempre.
Por su parte, en el drama alemán Alas del deseo, de Wim Wenders, la meditación poética y profundamente conmovedora sobre la condición humana y la naturaleza de la inmortalidad, es contada desde la perspectiva de dos ángeles que velan por Berlín y anhelan experimentar la belleza y el dolor de la vida mortal, haciendo partícipe al espectador de la gracia de la inmortalidad.
Existen otros títulos que tocan estas inmortales dicotomías, entre ellos: La fuente de la vida, de Darren Aronofski, que nos traslada hacia la búsqueda de la inmortalidad a lo largo de distintas épocas y dimensiones; Cloud Atlas, de Tom Tykwer, que trata sobre la persistencia de las almas y acciones a través de las vidas, o la teleserie Altered Carbon.
Ahora, en la plataforma de Netflix, amplían el universo de La Vieja Guardia, de Gina Prince-Bythewood, desde el contexto de un grupo de guerreros que refresca el cine fantástico y heroico sobre el empoderamiento de su personaje principal, Andy (Charlize Theron).
En La vieja guardia 2, el equipo de mercenarios inmortales está de vuelta para proteger al mundo, pero su protagonista debe lidiar con el hecho de que se ha convertido en mortal.
Si bien la cinta mantiene la tensión y la estructura del buen cine de acción, las fallas en la historia y su desarrollo se hacen muy evidentes, desluciendo la secuela de su fuente original.
Lo que se rescata es el encuentro entre Charlize y la gran Uma Thurman, una auténtica estrella del cine de acción gracias a su impresionante trabajo en las cintas de Kill Bill, dirigidas por Quentin Tarantino. En fin, las películas de inmortales nos llevan a la reflexión sobre la conciencia de nuestro final.