Rainer Tuñón C. / Director de Relaciones Públicas de la UP

“Una leyenda viva no es simplemente alguien famoso, sino aquel que deja huellas en la historia y encarna valores universales”. Con esta reflexión en Seis paseos por los bosques narrativos, Umberto Eco describía cómo ciertos personajes logran trascender su condición de individuos para convertirse en narrativas colectivas.
Ese es, precisamente, el lugar que ha conquistado Charles Robert Redford Jr. en la historia del cine y de la cultura. A los 89 años, su partida mientras dormía en su hogar en Utah ha confirmado lo que ya era evidente: Redford es una leyenda, no solo del séptimo arte, sino también de la conciencia social y ambiental de nuestro tiempo.
Su nombre se grabó con letras de respeto y admiración en la memoria de varias generaciones, con una filmografía que se extiende desde Butch Cassidy and the Sundance Kid hasta Tres días del cóndor, pasando por El gran Gatsby, Jeremiah Johnson, África mía, Una propuesta indecente y Tal como éramos.
Cada personaje que interpretó, ya fuera un forajido romántico, un periodista obstinado o un hombre enfrentado a la soledad y la naturaleza, reforzó su condición de mito cinematográfico. De mis favoritas de Redford como actor, menciono: El Golpe, El último Castillo, Todos los hombres del presidente, Capitán América y el soldado del invierno, El mejor y Todo está perdido.
El sociólogo británico Stuart Hall definió a estas figuras como aquellas que “no se recuerdan solo por sus actuaciones, sino porque condensan épocas enteras de sensibilidad e historia”. Redford encarnó esa idea.
Su salto detrás de cámaras con Ordinary People (1980), una obra sobria y conmovedora sobre la fragilidad de las familias modernas, lo consolidó como narrador y visionario. Luego seguirían títulos como Milagro en la guerra del campo de frijoles, A River Runs Through It, El dilema, El susurrador de caballos o La leyenda de Bagger Vance, todos testimonios de su compromiso con historias profundas y humanas.
Más allá de Hollywood, Redford se convirtió en arquitecto del cine independiente. Con la creación del Sundance Institute y el Festival de Cine de Sundance en 1981, abrió un espacio imprescindible para nuevas voces, narrativas críticas y propuestas fuera del circuito comercial. Gracias a él, directores emergentes de todo el mundo encontraron una plataforma para mostrar su obra.
Su legado no se limita al arte. Fue también un activista ambiental incansable, alzado en defensa de los pueblos originarios de Estados Unidos, de la diversidad cultural y de los derechos de las comunidades LGBT. Admiradores como Leonardo DiCaprio han subrayado su papel pionero en la lucha contra el cambio climático. Y sus compañeras de vida artística lo despidieron con palabras entrañables: Jane Fonda lo recordó como “una persona hermosa en todos los sentidos, que defendió un Estados Unidos por el que aún debemos luchar”; mientras que Barbra Streisand lo definió como “carismático, inteligente, intenso y uno de los mejores actores de todos los tiempos”.
En reconocimiento a su legado, recibió un Óscar honorífico en 2002 y la Medalla Presidencial de la Libertad en 2016, dos distinciones que simbolizan su doble dimensión: estrella del cine y ciudadano comprometido con su tiempo.
En definitiva, pocos actores alcanzaron la estatura de Robert Redford: icono de la pantalla, guardián del cine independiente y conservacionista de talla global. Su vida y obra demuestran que la verdadera leyenda no desaparece: permanece iluminando la memoria, proyectando futuro.