Omar A. Joseph /Relacionista Público /Fotos: https://www.gettingimages.es

El encuentro inicial enfrentó al organizador y anfitrión, “la scuadra Azzurra” con Estados Unidos. Italia apabulló al seleccionado estadounidense 7 a 1.
Un hecho que marcó la historia de los mundiales fue la ausencia de Uruguay, lo cual la convierte en la única selección que no ha defendido el título como campeón del mundo. Prefirió demostrar su protesta en virtud de que Italia y la mayoría de los países europeos se negaron a participar, 4 años antes.
Los partidos se jugaron en 8 estadios. Todos ubicados en importantes ciudades del país sede: Roma, Milán, Turín, Nápoles, Génova, Trisete, Bolonia y Florencia. El “stadio Nazionale del Partido Nazionale Fascista de Roma fue el principal con capacidad de 55mil espectadores.

A la cita mundial acudieron 16 selecciones; 12 eran europeas, 3 sudamericanas y una africana. Por primera vez se desarrolló una fase de clasificación. El mundial exhibió 17 juegos y se marcaron 70 goles.

El régimen fascista de Mussolini utilizó el mundial como una potente herramienta de propaganda política. No hubo patrocinadores comerciales. El evento fue una gigantesca puesta en escena del poderío fascista italiano.
Italia se coronó campeona, Checoslovaquia logró la segunda posición y Alemania el tercer puesto. El checo Old´rich Nejedlý anotó 5 dianas convirtiéndose en el mayor goleador de ese torneo. Presidía la FIFA, Jules Rimet.
Surgieron fuertes acusaciones sobre el desempeño arbitral e intimidación a los equipos rivales por parte del régimen de Mussolini para asegurar la victoria italiana.

El árbitro sueco Ivan Eklind -hasta la fecha el más joven en la copa del mundo- dirigió la semifinal y la final. Horas antes del encuentro. Durante la noche del día previo al partido, fue invitado a cenar con Mussolini, lo cual generó especulaciones y sospechas que aún hoy permanecen. El arbitraje al servicio del poder, por miedo o conveniencia, fue quizás, el capítulo más oscuro del torneo. Ver https://commons.wikimedia.org.
Las decisiones del sueco Ivan Eklind fueron ampliamente cuestionadas por la prensa, que al día siguiente tituló: “Once italianos y un árbitro sueco ganaron a Austria”. Eklind fue recompensado con el honor de pitar la final, consolidando la percepción de que el régimen fascista había “comprado” el torneo.
Si el mundial en Uruguay había sido una fiesta romántica del fútbol, el de Italia fue su contrapropuesta, férrea y profundamente política. El mundo había cambiado. Benito Mussolini, “Il Duce” -el guía o el líder- llevaba una década en el poder. El mundial era vitrina para demostrar al mundo la superioridad del régimen fascista. Este no fue solo un torneo. Sería un acto de Estado, una exhibición de fuerza, nacionalismo y poder, donde el juego bonito se vestiría de camiseta negra.
Il Duce, un maestro de la comunicación masiva, entendió que una victoria de la Azzurra equivaldrá a una validación mundial de su ideología. La FIFA, en un acto de complicidad o pragmatismo, le cedió el control absoluto de la organización. El mensaje era claro, Italia debía ganar a cualquier precio.

El mejor jugador del torneo fue, sin duda, el austríaco Matthias Sinderlar. Dirigía, gambeteaba y decidía el ritmo del juego. Se negó a jugar para la Alemania Nazi tras el “Anschulss (la anexión de Austria). Es el jugador que, en la memoria histórica del mundial del fútbol, se recuerda con más admiración, por su valor.
Sin embargo, la figura clave del campeonato fue Giuseppe Meazza. Con solo 24 años, ya era el alma del ataque italiano, su talento, olfato goleador y su capacidad para aparecer en el momento justo, lo convirtieron en la estrella de la Azzurra y en el primer gran ídolo del fútbol italiano. (hoy el mítico estadio de San Siro lleva su nombre).

Aquel mundial dejó una lección ambivalente. Fue el torneo donde el fútbol aprendió que, a veces, la victoria en el campo se cocina mucho antes, en los pasillos del poder.
