Oznar Ortega |Periodista| Estudiante de maestría de la UP
Uno de los papeles fundamentales de las universidades y la educación superior en el mundo es ser el barómetro de las sociedades donde se encuentran inmersas. Pero, más allá de ser repositorios transdisciplinarios de conocimiento, estas instituciones reflejan las escalas de valores, el estado intelectual de la humanidad y la evolución de sus ideas.
Desde el pensamiento grecolatino hasta el cambiante orden mundial de hoy, configuran la acción y la forma de vida de los países como entidades transcendentes, por sus criterios ontológicos, ideológicos e históricos legados culturales. Es en esa perspectiva que la Universidad de Panamá, nacida (1935) en una atmósfera de cuestionamientos y grandes desafíos sociales, nunca ha sido ajena a la realidad heredada de engranajes sistémicos que configuraron la historia republicana. Siempre ha sido un ágora pertinente donde las cuestiones políticas y sociales se han debatido, vinculando su destino como testigo y protagonista.
Ahora, al cumplirse su nonagésimo aniversario y ante la convulsa Panamá de 2025, la distancia en el tiempo se diluye, y los ecos del pasado se hacen un eterno presente. La interpelación del doctor Octavio Méndez Pereira está más vigente que nunca. Méndez Pereira organizó los principios de una universidad cultural y humanista bajo el postulado de «conciencia crítica de la nación».
En su discurso del acto de graduación del 25 de febrero de 1946 publicado en la universidad autónoma y la universidad cultural, confesaba que algunos «amigos generosos», «apocalípticos» o «señores graves», se oponían desde una creencia limitante, a la creación de una educación superior en Panamá.
Sus argumentos eran que despertaría ambiciones desmedidas en una juventud de cierto nivel social que, al elevar su facultad intelectiva, cuestionaría el sistema establecido y explotaría en «formas peligrosas de rebeldía».
Frente a esto, él ripostaba y exponía su advertencia así: (…) el peligro está en que esta [la universidad] se ponga a la vera de nuestros problemas como espectadora, sin tomar parte activa en esos problemas, sin tratar de que la juventud sepa y entienda por su acción qué cosa es el país y por qué causas este sufre trastornos en todas sus instituciones, en su estructura jurídica y en su estructura social; el peligro está, por otra parte, en que la Universidad ignore cuál ha de ser su misión frente a la inquietud y rebeldía de los estudiantes que demandan respuestas a las angustiosas interrogaciones planteadas por las nuevas corrientes sociales, políticas, económicas y filosóficas, por la ebullición de un orden y en un mundo nuevo que implican rompimiento con el pasado y en que las mentes y los corazones jóvenes quieren elevarse por encima de la complicidad del ambiente (Méndez Pereira, 1973, pp. 78-79).
Es muy probable que esos «señores graves» mencionados por Méndez Pereira tengan el mismo grado de afinidad que los protagonistas conocidos que han reescrito la historia panameña, personajes que la Universidad de Panamá conoce muy bien, entre descalificaciones, retóricas del poder y falacias lógicas. Ahora bien, ¿aún existe esa rebeldía que los «señores graves» temían? ¿O la verdadera pregunta es si estamos, como decía Méndez Pereira, poniéndonos a la vera de nuestros problemas y crisis presupuestarias como simples espectadores en silencio? No existe mejor momento de reflexión y conciencia que este.