Rainer Tuñón C. /Director de RR. PP de la UP
El nuevo filme de Paul Thomas Anderson, una batalla tras otra (One Battle After Another), se presenta como una sátira política, pero su alcance es mucho mayor. En este filme, el realizador explora el desencanto como un retrato de los sueños rotos y al mismo tiempo nos hace reflexionar sobre la fragilidad de la utopía. Aunque, ambientada en un Estados Unidos ficcional, su eco se escucha con nitidez en nuestra América, donde el pasado y el presente siguen enfrentándose como en un duelo sin lugar a tregua.
Inspirada en la novela Vineland de Thomas Pynchon, Anderson recupera la herencia de la contracultura de los años sesenta y sus cicatrices. El protagonista —un exrevolucionario que vive entre la paranoia y la melancolía— encarna la derrota íntima de una generación que creyó en la transformación social y que terminó asfixiada por la maquinaria del poder.
Como escribió Walter Benjamin, “no hay documento de cultura que no sea también un documento de barbarie”. Anderson parece recordárnoslo con cada plano. De esta manera, la historia de las ideas libertarias también está escrita con los restos de sus fracasos.
Sin embargo, Una batalla tras otra no es solo un relato sobre el pasado. Es, sobre todo, una advertencia sobre el presente. La película muestra un Estado que vigila, un sistema mediático que manipula, una élite de poder que busca mantener su arraigada hegemonía y una sociedad que se desangra en la polarización. Es una ficción que parece inspirada por los titulares de hoy: el miedo, la vigilancia, la posverdad.
Susan Sontag decía que “toda guerra comienza en la imaginación”; de esta manera la cinta de Anderson nos coloca en una interminable guerra que se traslada al interior de nuestra conciencia colectiva.
También, la película interpela nuestra memoria histórica. En una región marcada por dictaduras, desapariciones y transiciones inconclusas, la figura del exmilitante derrotado no es ajena. La película nos pregunta, cómo lo hizo Octavio Paz, si acaso “la historia no es más que un sueño interrumpido por el ruido de las armas”. Los ideales de justicia, igualdad y soberanía, que animaron tantas luchas en los años 60 y 70, siguen presentes, aunque fragmentados en la posmodernidad del desencanto.
Anderson utiliza la sátira, el absurdo y el humor como recursos para desnudar las contradicciones de todos los bandos. Ni los revolucionarios son héroes incorruptibles ni los gobiernos, simples villanos. En esa ambigüedad moral reside su fuerza: el filme incomoda porque refleja nuestra propia incapacidad de distinguir entre convicción y fanatismo, entre orden y obediencia.
De esta manera, una batalla tras otra nos recuerda la urgencia de defender la cultura, la memoria y el pensamiento crítico como trincheras simbólicas. En tiempos de manipulación digital y discursos extremos, el arte sigue siendo un territorio de resistencia.
Foto: Warner Bros