Rainer Tuñón C. / Director de RR. PP de la UP

En 1982, Stephen King, firmando como Richard Bachman (su alter ego) escribió uno de los relatos más descarnados sobre el poder, los medios y la violencia convertida en entretenimiento. The Running Mano o El Sobreviviente retrataba un año 2025 donde la televisión transformaba la persecución humana en un concurso de audiencia masiva, reduciendo la vida real a un gran evento que anestesia y manipula. Cuatro décadas después, esa premisa ya no parece ficción sino comentario cotidiano sobre lo que vemos en redes y plataformas que monetizan el sufrimiento y la humillación con presencia global.
En los años ochenta llegó una versión cinematográfica protagonizada por Arnold Schwarzenegger y María Conchita Alonso. Aquella adaptación optó por la espectacularidad típica de la época, sacrificando la crudeza política y el nihilismo del libro. King imaginaba un mundo sin redención posible: un sistema que devora al individuo y una sociedad que consume violencia con voracidad. La película, en cambio, suavizó la crítica y apostó por héroes, villanos y acción de la época.
Este año, el realizador Edward Wright (Hot Fuzz, Shaun of the Dead, Baby Driver) retoma la obra de King con una mirada más cercana al espíritu original. Su versión dialoga con la cultura de los reality shows, los canales de streaming y la obsesión contemporánea por grabarlo todo. Wright entiende que The Running Man no se trata de una persecución televisada, sino del modo en que la industria de los medios manipula la información y convierte la agonía algo glamoroso. Allí radica su mayor acierto.
El nuevo protagonista —interpretado por Glenn Powell, cada vez más sólido tras Top Gun: Maverick y Twisters— encarna a un ciudadano de la clase trabajadora, económicamente asfixiado y emocionalmente fracturado. El despiadado productor del programa (Josh Brolin) lo recluta porque ve en él un perfil “perfecto”: alguien resentido, vulnerable y fácilmente explotable. Y en esa decisión se revela el verdadero monstruo del sistema: la capacidad de identificar a los desesperados y convertirlos en carnada del gran juego.
Los concursantes deben sobrevivir treinta días mientras son perseguidos por asesinos profesionales, transmitidos en directo para una audiencia que aplaude, apuesta y se indigna según convenga al guion televisivo que relata su necio y descarado anfitrión (Colman Domingo).
Con El Sobreviviente, Wright construye un arranque sólido, cargado de tensión y crítica social. Sin embargo, conforme avanza la historia, el filme tropieza: prioriza la acción sobre la profundidad, diluyendo parte de la paranoia, la opresión y la angustia que el libro planteaba con tanta ferocidad. El resultado final entretiene, pero no siempre golpea con la fuerza reflexiva que promete, incluso el final parece más un ejercicio para conseguir “likes”.
Aun así, esta nueva versión funciona mejor cuando se lee como metáfora que como una simple película palomitera. Su verdadero toque está en recordarnos que la violencia ya no es parte de un futuro distópico, es ahora: una sombra que crece en nuestra cultura digital, en donde conectamos con streamers que arriesgan su vida en directo, concursos donde se normaliza la humillación y la vigilancia constante que alimenta algoritmos que nos demuestran que esta fiesta televisada se acercó a lo que King imaginó hace más de cuarenta años. Y ahí es donde la película incomoda, incluso con sus fallas. Nos recuerda que este pasatiempo mediático no es inocente y la deshumanización es rentable. Así, la violencia, cuando se vuelve distracción, nos convierte a todos en testigos de este lamentable show.