Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP
Las plataformas digitales entrelazan emociones, identidad y atención pública. En este escenario, el uso de las redes sociales y la búsqueda de empatía a través de ellas requieren alfabetización emocional y sentido crítico digital, con el fin de distinguir entre la expresión auténtica de emociones saludables y la instrumentalización de la vulnerabilidad para obtener beneficios comunicacionales o simbólicos.
Esta dinámica se refleja cada vez que interactuamos con videos de personas que exhiben sus padecimientos o sufrimientos en redes sociales para generar compasión y atención de los seguidores, utilizando estas reacciones como instrumentos de validación y como una vía rápida para obtener apoyo y respuestas inmediatas. La emoción se convierte así en un recurso estratégico que busca impacto, cercanía y reconocimiento.
Este fenómeno ya trasciende lo cotidiano. Se trata del sadfishing, término acuñado por la periodista Rebecca Reid en 2019 para describir publicaciones emocionalmente cargadas que atraen “likes”, comentarios de apoyo o aumento de seguidores, como parte de una estrategia de comunicación afectiva que transforma el dolor en contenido. No se trata únicamente de compartir una experiencia difícil, sino de construir un relato emocional que funcione dentro de la lógica de visibilidad de las plataformas digitales.
La dinámica de los algoritmos de las redes sociales evidencia que los contenidos emocionales generan una retroalimentación casi adictiva de atención. La exposición de la vulnerabilidad suele provocar respaldo afectivo mediante reacciones y comentarios, lo que incrementa la tasa de interacción de las publicaciones y refuerza conductas repetitivas de exhibición del sufrimiento. De este modo, el reconocimiento digital se convierte en un incentivo que puede distorsionar la manera en que se gestionan y expresan las emociones.
Surge entonces una pregunta clave: ¿hasta qué punto la exhibición pública del dolor es genuina? ¿Dónde se traza la línea entre la necesidad legítima de apoyo emocional y la construcción estratégica de una narrativa de sufrimiento orientada a captar atención?
La autora argentina Paula Sibilia, en su libro La intimidad como espectáculo, plantea el concepto de extimidad, útil para analizar cómo los aspectos más íntimos de la vida privada son expuestos deliberadamente en los medios digitales y las redes sociales. Este enfoque conecta directamente con el fenómeno del sadfishing, al evidenciar cómo la mediación tecnológica transforma la intimidad en un producto visible, compartible y evaluable por otros.
Lo descrito conlleva riesgos importantes en relación con la construcción de la validez personal y su dependencia de la atención virtual. La constante exposición del sufrimiento puede generar confusión sobre las señales reales del dolor en la vida cotidiana, disminuir la empatía hacia quienes enfrentan problemas auténticos y abrir espacios para el bullying, el ciberacoso o las críticas deshumanizadas desde los comentarios y reacciones de los usuarios.
En esta línea, el comunicólogo colombiano Juan José Tejada advierte que “las redes sociales pueden ser un detonante de ansiedad cuando dejamos que definan nuestro valor personal”, una afirmación que evidencia el impacto directo de estas dinámicas en la manera en que construimos y gestionamos nuestra personalidad digital. Cuando el reconocimiento externo se convierte en el principal regulador emocional, se debilita la capacidad de autorregulación y de vínculo genuino con los demás.
Por ello, resulta fundamental fomentar una educación emocional adecuada que permita identificar cuándo es apropiado expresarse públicamente para encontrar apoyo y cuándo es preferible recurrir a espacios seguros, fuera del algoritmo, donde sea posible conversar sobre las experiencias personales sin la presión de convertirlas en contenido de entretenimiento digital.
En este ejercicio colectivo, es necesario comprender que las reacciones obtenidas desde los dispositivos móviles no constituyen medidas reales del valor personal. La vida se construye y se disfruta más allá de la pantalla, en un mundo que requiere vínculos, emociones y expresiones auténticas, no estrategias de marketing emocional orientadas a generar resultados, visibilidad o viralidad a partir del dolor.