Dr. Rónel S. Solís Castillero/ Profesor de Derecho Internacional Público/ CRU de Azuero
Estudié Derecho Internacional en Nagoya, Japón, creyendo que las normas podían contener la barbarie, que los tratados representaban límites reales al poder y que la legalidad internacional era algo más que un lenguaje elegante para describir el mundo.
Hoy, frente a Gaza, frente al secuestro de un presidente, frente a la posibilidad de anexar territorios como si el siglo XXI fuera una reedición del XIX, esa convicción se tambalea. Y no por falta de normas, sino por exceso de cinismo.
El problema no es que el Derecho Internacional no exista. Existe, y con una densidad normativa impresionante. El problema es que su aplicación depende menos de la legalidad que de la conveniencia política.
En Gaza no hay vacío jurídico: hay Convenios de Ginebra, principios de distinción y proporcionalidad, prohibiciones claras contra el castigo colectivo. Lo que no hay es voluntad de aplicar esas normas contra ciertos actores. El Derecho Internacional no desaparece; se suspende selectivamente.
Algo similar ocurre cuando se normaliza la captura extraterritorial de un jefe de Estado o cuando se discute, sin pudor, la anexión de territorios bajo argumentos de seguridad o interés estratégico.
No asistimos a una crisis del Derecho Internacional, sino a su uso instrumental. El derecho se invoca cuando legitima al poder y se ignora cuando lo incomoda. Esa es la regla no escrita del sistema internacional.
Este escenario produce una frustración profunda en quienes fuimos formados bajo la idea de que el Derecho Internacional era un dique frente al abuso. Pero quizá el error estuvo en creer que el derecho era neutral, o que operaba al margen de las relaciones de poder.
El Derecho Internacional nunca fue un árbitro imparcial del mundo; fue, desde su origen, un lenguaje creado en contextos de profunda desigualdad. Pretender que hoy funcione como moral universal sin respaldo político es exigirle algo que históricamente nunca fue.
¿Significa esto que no valió la pena estudiarlo? No necesariamente. Tal vez el Derecho Internacional no sirve para detener guerras en tiempo real, pero sí sirve para algo menos cómodo y más honesto: desenmascarar. Sirve para evidenciar la hipocresía de los discursos oficiales, para mostrar cuándo la legalidad se convierte en retórica, para dejar constancia jurídica de la injusticia, aunque no haya sanción inmediata.
El verdadero peligro no es que el Derecho Internacional fracase, sino que siga siendo utilizado como coartada moral del poder.
Frente a eso, el papel del jurista no es repetir fórmulas normativas como si fueran conjuros, sino asumir una postura crítica.
No hay una “lectura correcta” del Derecho Internacional, sino usos estratégicos de su lenguaje. Reconocerlo no es cinismo: es madurez intelectual.
Quizá el Derecho Internacional ya otorgue certezas. Pero todavía incomoda. Y mientras incomode, mientras permita nombrar la arbitrariedad y registrar la violación, seguirá teniendo sentido.