Omar A. Joseph /Datos y fotos tomadas de las web de la Fifa web de besoccer web de espn.com web de tycsports web de gettyimages web de espn https://www.mexico.as.com

El XI Campeonato Mundial, celebrado en Argentina en 1978, fue un torneo paradójico, un vibrante espectáculo deportivo envuelto en la opresiva sombra política de la dictadura militar que gobernaba el país.
Bajo el lema “Los argentinos somos derechos y humanos”, el gobierno de Jorge Rafael Videla buscó utilizar el evento como un gigantesco ejercicio de soft power -poder blando- para blanquear su imagen internacional, marcada por violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

La FIFA, pese a las denuncias, mantuvo el torneo “El fútbol y la política deben mantenerse separados”, fue la declaración oficial del organismo, según consta en sus archivos (FIFA, s.f.(
El mundial se celebró bajo el férreo control de la Junta Militar, encabezada por el dictador Videla, quien había tomado el poder en 1976.
El régimen implementaba un plan sistemático de terror de Estado, desapariciones forzadas, centros clandestinos de detención, tortura y censura. Según organismos de derechos humanos, en junio de 1978, ya había miles de desaparecidos.
Para la Junta, el mundial era una “oportunidad única de lavado de imagen” (La Nación.com, “El Mundial de la discordia”, 1 de junio de 2018). Era la vitrina para proyectar una imagen de “orden, paz y eficacia” al mundo, desviando la atención internacional de las atrocidades.

El eslogan oficial, "El Mundial de la Paz”, sonaba a macabra ironía. El periodista e historiador español, Juan Carlos Pasman, en un artículo para AS.com “Los mundiales del miedo: Argentina 78, 25 de marzo de 2020, señala: “Videla y sus hombres entendieron el poder unificador y distractor del fútbol. El estadio sería el gran teatro donde representar la ficción de una Argentina unida y feliz”.
Las protestas fueron brutalmente reprimidas. Incluso se “limpiaron” visualmente las calles cercanas a los estadios y la Villa Olímpica, trasladando forzosamente a poblaciones vulnerables.

Argentina, con un equipo sólido, pero no brillante, dirigido por el pragmático César Luis Menotti, afrontó una presión monumental.

La primera ronda transcurrió con normalidad, destacando el debut triunfal de Túnez, primera nación africana en ganar un partido mundialista (3-1 a México). Sin embargo, la polémica estalló en la segunda fase de grupos, un formato que premiaba la estrategia.
El Grupo B, decisivo para la final, enfrentó a Argentina, Brasil, Polonia y Perú. Tras un empate 0-0 en un partido áspero contra Brasil, Argentina necesitaba, en su último partido, una victoria por al menos 4 goles de diferencia sobre Perú para avanzar a la final por encima de los brasileños.
La noche del 21 de junio en Rosario, ante un campo pesado y mojado, Argentina logró un contundente 6-0. El portero peruano, Ramón Quiroga, de nacionalidad argentina, tuvo una actuación deslucida.
La victoria despertó inmediatas sospechas de acuerdos políticos entre los regímenes de Videla y el peruano Morales Bermúdez, incluyendo denuncias de grano y créditos bancarios como moneda de cambio. El diario francés L’Équipe lo tituló escuetamente: “Un resultado que hace soñar... y dudar (L’Équipe, 1978, p. 1) .

La final, el 25 de junio en el Monumental de Buenos Aires, enfrentó a Argentina con una exquisita Holanda, finalista en 1974 y privada de la estrella Johan Cruyff, quien se negó a viajar por razones políticas. Fue un duelo de estilos, la potencia física y emotiva argentina contra el "fútbol total "holandés.

Mario Kempes, «El Matador», la gran figura del torneo, abrió el marcador. Holanda, que dominó largos tramos, empató en el minuto 82. En los segundos finales, el delantero holandés Rensenbrink estrelló un remate en el poste, en lo que pudo ser el gol del campeonato.

En la prórroga, Kempes, reviviéndose de un marcaje férreo, anotó el 2-1 y luego asistió a Daniel Bertoni para el 3-1 definitivo. El estadio, y el país, estallaron. «Kempes fue un huracán imparable. Su remate para el segundo gol partió en dos la resistencia holandesa», describió el diario español Marca (Marca, 1978, p. 3 ).

La imagen icónica fue la lluvia de papel picado blanco (tiras de periódico y papel) que cubrió cada partido argentino, un mar de confeti que se convirtió en el símbolo visual del torneo y de un fervor popular genuino, hábilmente canalizado por el régimen.