Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP
Sí, es cierto: el Super Bowl tuvo su medio tiempo de impacto global. Pero lo de Benito Antonio Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, fue otra cosa. Fue cultura, fue política y fue símbolo. Y quizá por eso a tantos les incomodó.
A quienes no conocían las canciones o no soportan el género, el show resultó ajeno, aunque imposible de ignorar. Para otros fue directamente incomprensible: casi todo ocurrió en español —salvo Lady Gaga cantando Die with a Smile en versión salsa— y no parecía pensado para ser traducido. Para colmo, la mezcla de sonido no ayudó; la voz se perdía por momentos, como si el mensaje también se filtrara entre cables.
Por supuesto que el máximo líder estadounidense y sus acérrimos seguidores calificaron el show de “terrible”, “confuso” u “ofensivo”, criticando la música en un idioma que no representa los valores del imperio, así como la puesta en escena en términos muy duros, incluso sugiriendo que era inapropiado para una audiencia familiar.
Pero el problema no fue técnico. El problema fue el contenido. Bad Bunny no fue a “entretener” en el sentido clásico: fue a ocupar el escenario más visto del planeta, durante el fin de semana en el cual se transmitió, con una celebración abierta de la cultura puertorriqueña y latina, con símbolos propios, sin subtítulos culturales y sin pedir validación. Incorporó referencias a problemas reales que atraviesan al continente, recordando que América no es solo un mercado, sino una experiencia compartida.
El cierre logró ser contundente y global: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”, seguido de una enumeración de países unidos, aunque dejó ausencias notables. Belice y varias islas de las Antillas menores no entraron en esa geografía simbólica, recordándonos que incluso los gestos de integración también tienen límites, o de pronto, inocentes omisiones.
De hecho, el show disparó la audiencia global del Gran Tazón y el consumo de la música de los artistas que se presentaron en plataformas de streaming a nivel mundial, con múltiples temas entrando a los charts globales tras la presentación. Lo aplaudido y también criticado del show no fue necesariamente sobre el talento de Bad Bunny (aunque no guste su voz, su técnica o calidad interpretativa), sino más bien sobre la interpretación que hizo parte de la audiencia del mensaje, del idioma y del contexto cultural/político del espectáculo, además de que algunos espectadores simplemente no conectaron con su música o estilo.
Con todo, el mensaje quedó claro. Aquello fue una declaración cultural con un auténtico guiño político lleno de música, identidad, historia y un llamado a pensarnos como región, tan incómodo como necesario y tan frontal como aquel continente orgulloso de su herencia “y de ser latino” que Rubén Blades planteó en Plástico hace cinco décadas. Al final, la incomodidad es el mejor indicador de éxito para una obra que busca sacudir el statu quo. En fin, Bad Bunny hizo historia. No porque todos lo entendieran, sino porque no quiso complacer al actual establishment. “God Bless… América”.