Carmen Guevara C.

El Carnaval, fiesta que ocupa la atención de nacionales y foráneos de varios puntos del mundo, cohesiona diversas ideas o concepciones: patrimonio cultural común, patrimonio intangible, patrimonio de la humanidad, construcción social, fiesta de la carne, festividad previa a la Cuaresma -que alude a la Pascua de resurrección-, período de permisividad y descontrol. Sus orígenes se vinculan a festividades antiguas de tendencia pagana.
En febrero de 1915 la revista “Esto y Aquello”, bajo la dirección de los poetas Enrique Geenzier y Gaspar Octavio Hernández, publicaron una crónica acerca de esta fiesta.
A continuación texto de la crónica
Seis años atrás (1909) se le ocurrió en buena hora al pueblo panameño hacer de los festejos del Carnaval algo que se conformase con el adelanto cultural adquirido desde el 3 de noviembre a esta parte. Con este objeto hubo de reunirse una Junta que echó sobré si la tarea de organizar todo lo necesario para que el primero de nuestros carnavales adquiriese tal pompa y prestigio que pudiera servir de pauta a los venideros.

En elección popular disputada por dos fuertes bandos fue elegida primera Reina del Carnaval la distinguida señorita Manuela Vallarino, en competencia con la no menos distinguida señorita Adriana Orillac.
En aquella ocasión calzó tantos puntos la alegría que no fueron pocos los ardidos por la fiebre del entusiasmo y habiéndose agotado en la plaza el confeti, dieron en la habilidad de teñir arroz para reemplazar a los multicolores papelillos.
Tal es, pues, a grandes rasgos la iniciación histórica del carnaval panameño. A las grotescas salpicaduras del añil ha sucedido el policromo confeti, y el agua cristalina o teñida, reemplazada ha sido por impresionante cloruro de tilo.
Los primeros carnavales celebrados a la moderna, de que hemos hecho mención sentaron tan buena fama en nuestro pueblo que nada ha sido esperado después con tanta impaciencia como el momento en que el dios de la burla y de la risa ha de asomar su grotesca figura. Pero, como dice un refrán” a pueblo chico infierno grande”, la buena armonía, que siempre fue la nota culmínate de estas fiestas, había de ser eclipsada años más tarde por nuestro prurito de mezclar en todos nuestros actos la maldita política de villorrio que nos lleva a pasos largos por la senda de todas las enemistades, luego sin profesar un credo político para hacer voto de mala voluntad contra aquellos que no comulgan con nuestras creencias. Y de tal manera el eclipse de la armonía se ha hecho notar en los últimos dos años, que cuando hace apenas dos meses quedó instalada la Junta del Carnaval no había dama que quisiese echar sobre sus hombros la responsabilidad de la candidatura para Reina de las fiestas.
Una por una, las cuatro candidatas proclamadas en primer término fueron presentando excusas, y las razones de éstas, aunque calladas prudentemente no eran otras que las del temor de verse aisladas del gremio social en que desde pequeñas se han agitado en el más completo paralelismo amistoso. Sin embargo, el Carnaval no podía morir, no debía morir. Y así fue como todos los elementos salientes, ora de la sociedad, ora del Gobierno, hicieron causa común a fin de levantar el decaído entusiasmo y llevar al Trono con todas las seguridades de que sería caballerosamente distinguida a la graciosa dama que por sus virtudes físicas y morales pudiera imperar en los corazones subyugándolos a su omnímoda voluntad que no debía ser otra que la de divertirse con todo y por, sobre todo.
Inteligentemente fue escogida para tan alto puesto la inimitable y angelical señorita María Ester Arango, quien toda gracia y dulzura ha pasado por el Reino de la Alegría como un destello de esperanza y una promesa de reconciliación para lo porvenir.
Personajes del carnaval de antaño
A partir de informaciones publicadas en los diarios de circulación nacional, Panamá América (marzo de 2021), en el artículo “Domitila y Tiburcio: las caras del Carnaval capitalino”, y La Crítica (13 de febrero de 2015), “Tiburcio y Domitila, dos personajes del carnaval”, se reconstruyen los orígenes de estas emblemáticas figuras alegóricas de la fiesta de Momo en la ciudad de Panamá.

Domitila: ícono del carnaval capitalino
Domitila fue -y en la memoria colectiva de muchos panameños aún es- una figura gigante en forma de muñeca, utilizada en los desfiles del Carnaval de la ciudad de Panamá.
Su presencia era inconfundible: vestía pollera montuna con blusa blanca, largas trenzas y rasgos faciales exagerados y extravagantes, elementos que la convertían en una atracción llamativa durante las festividades.
Su inseparable pareja en la fiesta era Tiburcio, otro personaje de grandes dimensiones, ataviado con el tradicional traje del montuno ocueño, acompañado de chácara y cutarras, completando así el dúo más representativo del carnaval urbano de antaño.

Origen
La aparición de Domitila se remonta a la llamada época de oro del Carnaval capitalino, entre 1956 y 1960, especialmente alrededor de 1959. Su nombre proviene de la popular canción del cantante cubano Rolando Laserie, titulada “Domitila, ¿dónde va…?”, ampliamente difundida en Panamá en aquellos años y asociada espontáneamente con la figura festiva.
Presencia en los desfiles
En los carnavales tradicionales, Domitila solía encabezar los desfiles. En muchas ocasiones era transportada en un jeep militar que abría la caravana carnavalesca. También podía formar parte de carros alegóricos, aunque generalmente permanecía estática al inicio del recorrido, seguida por la reina del carnaval y su corte.
Significado
Domitila y Tiburcio no eran simples elementos decorativos. Su función dentro del carnaval tenía un marcado carácter social y cultural: representaban, desde la parodia y la exageración, al campesino del interior del país —el “montuno”— que migraba a la capital.
A través del humor y la sátira, estos personajes celebraban la diversidad cultural panameña y retomaban la tradición carnavalesca de hacer crítica social de forma festiva.
Ambas figuras estaban estrechamente vinculadas al espíritu del carnaval clásico, inspirado en la mitología de Momo, símbolo de burla, ironía y desorden festivo.
Desaparición
Con el paso de las décadas, especialmente durante los años 80 y 90, el Carnaval de la ciudad de Panamá fue perdiendo parte de su fuerza tradicional. La celebración fue desplazando su protagonismo hacia el interior del país y adoptando nuevos formatos. Como consecuencia, Domitila y Tiburcio dejaron de aparecer de manera regular en el Carnaval de la capital.
En su lugar, surgieron otras figuras simbólicas, como Ipatcito, muñeco promovido por el antiguo Instituto Panameño de Turismo (IPAT), que asumió parte del rol alegórico que antes ocupaban estos entrañables personajes.