Rainer Tuñón C. / Director de RR. PP de la UP

Hamnet no es sobre William Shakespeare. Es sobre Anne “Agnes” Hathaway, su esposa. Se trata de una novela de ficción escrita en 2020 por Maggie O’Farrell, que se centra en el duelo de la pareja tras perder a su pequeño hijo de 11 años, Hamnet.
El libro describe las circunstancias de la familia Shakespeare, pero se centra en su esposa, a quien conocemos como herbolaria, el nacimiento de sus hijos y la posterior muerte del niño, posiblemente por la peste bubónica.
Este año, la directora Chloe Zhao presentó la adaptación cinematográfica de esta novela y logró capturar la tensión dramática y la ambientación de un irresistible relato sobre la pérdida y la inspiración que lleva al insigne escritor a desarrollar el clásico Hamlet, cuya coincidencia nominal se hace más evidente por el título del libro y posteriormente el filme.
La película es protagonizada por Jesse Buckley, actriz y cantante irlandesa, que este año arrasa en las premiaciones más importantes de la industria del cine.
En este filme, Buckley hace algo que pocas actrices logran: convierte el dolor en materia viva. No interpreta el duelo, lo habita. Su mirada, sus gritos y sus silencios sostienen la película completa. Cada movimiento suyo pesa más que cualquier verso.
Su coestrella, Paul Mescal, como William Shakespeare, está sólido, eficaz y contenido. Pero Hamnet no pertenece al mito del dramaturgo; pertenece a la madre que pierde, a la mujer que queda cuando el genio se va a escribir su tragedia, y al legado de un padre que encuentra cómo decir adiós a su hijo.
De esta manera, su directora —quien anteriormente ganó el Oscar por Nomadland— filma con una delicadeza brutal: planos verticales en el bosque, una luz natural que parece respirar con los personajes y un minimalismo que desgarra. Todo parece susurrado… y duele.
La cinta no se limita a narrar una tragedia doméstica; construye una reflexión sobre la memoria y la creación artística. El dolor no aparece como espectáculo, sino como semilla. La película sugiere que la literatura no nace del genio aislado, sino de la experiencia humana más cruda. En ese silencio que deja la muerte del hijo, el filme encuentra su pulso: allí donde la palabra todavía no existe, pero ya comienza a formarse.
Lo verdaderamente inquietante es esto: ¿cuánto de Hamlet nació del vacío? ¿Cuántas veces la historia celebró la obra sin mirar la verdadera herida?
Sí, Hamnet conmueve hasta su último acto. Pero es por el trabajo de Jesse Buckley, porque su actuación no busca aplauso: busca verdad. Y en cada lágrima, la encuentra.