Prof. Dimas Cornejo/ Analista Independiente y docente universitario
El ciudadano panameño se ahoga diariamente en un costo de vida que no cesa de escalar. Ante esta asfixia económica, la cacofonía del gobierno de turno siempre ofrece la misma receta populista: más “ayudas”, “controles” y “subsidios”. Sin embargo, si observamos la realidad nacional con detenimiento, padecemos una contradicción flagrante: a mayor intervención estatal para intentar abaratar artificialmente la vida, mayor resulta nuestra ruina generalizada. El remedio político termina siendo el verdadero veneno.
Desde el prisma de la praxeología —la ciencia de la acción humana— esta aparente paradoja se disuelve en una lógica económica ineludible. La acción del individuo es siempre propositiva y orientada a fines, pero cuando el Estado altera los precios del combustible, la energía o los alimentos, distorsiona salvajemente los incentivos y el cálculo económico de millones de panameños.
Debemos recordar una máxima innegable: el Estado no crea riqueza. El subsidio es, en esencia, una mera transferencia coactiva donde lo que se le “regala” a unos se les expropia previamente a otros mediante impuestos o a través del corrosivo y silencioso impuesto de la inflación.
Esto genera un costo de oportunidad colosal. Aplicando la brillante lección del economista Frédéric Bastiat sobre “lo que se ve y lo que no se ve”, los burócratas nos deslumbran con el subsidio visible, pero nos ocultan que esos capitales extraídos por la fuerza podrían haberse invertido en actividades productivas generadoras de verdadero empleo.
Además, la imposición de subsidios suprime las señales vitales del mercado. El valor económico no es un dato objetivo dictado desde un ministerio, sino una valoración subjetiva que el mercado revela pacíficamente mediante la libre oferta y demanda.
Al interferir en este mecanismo, el Estado provoca un problema insoluble de cálculo económico: los productores pierden la brújula de los precios para saber qué producir, en qué cantidad y dónde invertir. Como atestigua un historial de más de cuarenta siglos de fracasos intervencionistas, anular las señales de precios solo genera escasez en el largo plazo, desabastecimiento y dilapidación de recursos.
Finalmente, debemos entender el grave daño a nuestra preferencia temporal. Un modelo adicto a los subsidios incentiva el consumo presente a expensas del ahorro y la inversión futura, que son los auténticos motores del desarrollo sostenido. Al abaratar el consumo de hoy de forma ficticia, se desincentiva la prudencia y la acumulación de capital de la sociedad.
La lección praxeológica es irrefutable: no se puede engañar a la ley económica mediante decretos oficiales. La intervención gubernamental, bajo el falso pretexto de corregir el mercado, introduce distorsiones mayúsculas que exigen nuevas intervenciones en un ciclo interminable. La única solución real para Panamá es desmantelar este autoengaño, restaurar la soberanía del individuo sobre sus decisiones económicas y permitir que los precios libres nos guíen. Lo contrario es solo una condena a la pobreza perpetua.