Lic. Omar A. Joseph
"La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo." – Abraham Lincoln.
Los comicios no son un fin, sino un umbral. Son la fiesta mayor de las polis, sí, pero también el espejo donde se reflejan nuestras fisuras.
Hablar de elecciones es hablar de ritual y de vértigo. Es esa jornada cívica donde el ciudadano deja de ser espectador para convertirse en actor, donde el lápiz se vuelve cetro y el voto, verbo. La fiesta electoral tiene el color de las banderas y la música de las promesas. Pero también tiene el silencio de las urnas, ese instante sagrado donde la soberanía se fragmenta en millones de decisiones individuales. Ese es el milagro: que de esa suma de ruidos y silencios emerja un mandato colectivo.
Sin embargo, desde esta tribuna analítica, debo advertir que la democracia no se agota en el sufragio. La verdadera prueba de fuego comienza cuando los focos se apagan. La victoria no es una posesión, sino un préstamo; la derrota no es un exilio, sino una pausa. Lo que verdaderamente engrandece a nuestra universidad no es el triunfo de un bando, sino la capacidad del ganador para extender la mano y del perdedor para tender la suya. Los cambios que anhelamos —justicia a la movilidad social que el estudio permite, desarrollo, estabilidad laboral— no son decretos automáticos; son cosechas que requieren el riego del diálogo y el abono del consenso.
Invito a los actores políticos a gestionar este momento con la grandeza de estadistas. A los ganadores, le digo: su mandato es un contrato firmado con todos, no solo con los suyos. Gobierne para el que le votó y para el que no, porque el bien mayor no es la perpetuación del poder, sino la cohesión del tejido social que se representa en la casa de Méndez Pereira. A los que no alcanzaron el triunfo, le recuerdo: la oposición no es la trinchera del resentimiento, sino el aula de la fiscalización. La alternancia es la savia que renueva el árbol; no la envenene con la hiel de la revancha.
La historia nos ha enseñado que los imperios caen cuando confunden la fuerza con la razón, y que las repúblicas florecen cuando entienden que el disenso es hermano del progreso. Por eso, más allá del recuento de votos, lo que está en juego es la narrativa que escribiremos sobre nosotros mismos. ¿Seremos la generación que supo honrar la voluntad popular sin romper el vaso de la convivencia?
Termino con una reflexión incómoda: la democracia no es un regalo, es una construcción diaria. El voto es su cimiento, pero el respeto mutuo es su argamasa. Si salimos de esta fiesta electoral con las manos extendidas, habremos ganado todos. Si salimos con los puños cerrados, habremos perdido. La elección, queridos lectores, es nuestra. Ojalá escojamos bien; escojamos la construcción de la Universidad de Panamá la casa del pensamiento crítico, el espacio del saber.