Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP
Cuando la necesidad económica logra que una guerra parezca un empleo más, la sociedad tiene un problema más profundo que el simple reclutamiento de algunos ciudadanos.
En medios locales supimos, aun pensando que podía tratarse de una lamentable exageración, que ciudadanos panameños, probablemente sin haber disparado un fusil de asalto en su vida y cuyo contacto con las armas puede haberse limitado a la seguridad privada, alguna actividad donde hayan tenido experiencia con armas de fuego o, en otros casos, a su pertenencia a la fuerza pública, están llegando a zonas de guerra.
Panamá no es una sociedad acostumbrada a los conflictos bélicos. No tenemos una cultura de reclutamiento militar ni una tradición reciente de ciudadanos que abandonen el país para incorporarse a guerras extranjeras.
Después de la invasión de 1989 y de la desaparición del Ejército, desarrollamos una relación distante con el militarismo. Por eso resulta inquietante que ciudadanos sean atraídos hacia guerras lejanas y, encima, motiven a otros a participar.
Algo está ocurriendo en nuestra sociedad para que alguien esté dispuesto a arriesgar su vida a cambio de dinero, lo diga públicamente y con cierto halo de orgullo. Esta contradicción puede ser el resultado de necesidades económicas, falta de oportunidades, expectativas laborales frustradas y vulnerabilidad social. Cuando una persona siente que no tiene posibilidades reales de mejorar su calidad de vida, la oferta de empleo en el extranjero adquiere un atractivo extraordinario.
Pero este mecanismo guarda similitudes con otras formas de captación utilizadas por las redes de trata de personas. En la explotación sexual, una víctima puede ser atraída mediante promesas de empleo, mejores ingresos o una vida diferente. El engaño ocurre antes del viaje; la realidad aparece después. En el reclutamiento para conflictos armados puede repetirse una lógica semejante: se promete trabajo, se ofrece dinero y, cuando la persona está lejos de su entorno, descubre que el empleo tenía una pequeña letra menuda: la guerra a todo color.
¿Por qué estos reclutamientos parecen dirigirse principalmente hacia hombres? La respuesta se relaciona con la estructura de los conflictos contemporáneos. Las redes de captación buscan personas para funciones de combate y seguridad, actividades todavía mayoritariamente masculinizadas. Esto no significa que las mujeres sean ajenas a la explotación en contextos de guerra; también pueden ser víctimas de otras formas de trata.
Somos un país sin ejército cuya población no tiene tradición de emigrar para combatir. Sin embargo, nos enfrentamos al riesgo de que nuestros ciudadanos sean objetivos de reclutamiento militar internacional, aprovechando la necesidad económica y la falta de oportunidades laborales. O como se dice por ahí: carne de cañón.
Esto no se trata solamente de coterráneos que deciden ir a una guerra. La pregunta es otra: ¿por qué alguien considera que vale la pena jugarse la vida en una trinchera extranjera cuando el dinero ofrecido parece ser la única oportunidad de conseguir chen chen en su propio país? Esto preocupa. Y mucho, como panameño.