Rainer Tuñón C. / Director de Información y Relaciones Públicas de la UP
El terremoto que sacudió recientemente a Colombia volvió a colocar sobre la mesa una pregunta que Panamá no debería ignorar: ¿estamos realmente preparados para comunicar una emergencia? No se trata solamente de contar qué ocurrió. En situaciones de desastre, informar correctamente puede ayudar a salvar vidas, mientras que un mensaje tardío, confuso o contradictorio puede aumentar el miedo, la incertidumbre y la desinformación.
La velocidad de las redes sociales es imparable.
Hoy la población puede recibir primero un video de TikTok, un mensaje de WhatsApp o una publicación en X antes que una comunicación oficial. Por eso, las instituciones no pueden esperar a que ocurra el desastre para improvisar o reaccionar apresuradamente ante una publicación que alarme a la población.
Las recientes experiencias de Venezuela y Colombia demuestran que una emergencia pone a prueba mucho más que la capacidad de respuesta de los organismos de socorro. También pone a prueba al Estado, a los medios y a los comunicadores para explicar lo que sucede.
El sismo registrado en Colombia volvió a demostrar la importancia de contar con información técnica, estructuras institucionales y voceros capaces de comunicar oportunamente.
Panamá no está exento de amenazas. Inundaciones, deslizamientos, tormentas, incendios forestales, sismos y otros eventos pueden generar escenarios en los que la población necesitará información rápida, confiable y comprensible.
En este escenario, la labor del Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá resulta fundamental.
La divulgación de información científica sobre la actividad sísmica a través de sus canales digitales y la participación de sus especialistas han permitido que periodistas y ciudadanos tengan acceso a una fuente confiable. Este vínculo entre ciencia y comunicación debe fortalecerse.
El vocero calificado explica lo que ocurre; el comunicador traduce esa información para distintas audiencias; las instituciones de seguridad orientan sobre las medidas que debe adoptar la población, y los medios verifican, contextualizan y amplifican la información. Todos forman parte de una misma cadena.
Aunque en Panamá se han desarrollado capacitaciones para periodistas y responsables de relaciones públicas, la pregunta sigue siendo válida: ¿estamos preparados para informar responsablemente durante una emergencia desde cualquier trinchera informativa?
La comunicación de riesgo exige conocer las fuentes científicas, identificar voceros autorizados, verificar datos y traducir el lenguaje técnico. También implica combatir rumores, fotografías fuera de contexto, audios falsos y versiones contradictorias.
Necesitamos actualizar los protocolos, contar permanentemente con voceros entrenados, mensajes preparados y simulacros que involucren a periodistas, comunicadores institucionales, científicos y responsables de redes sociales. La comunicación debe formar parte de la respuesta y no aparecer cuando la emergencia ya está instalada.
Panamá ha avanzado, pero queda una tarea pendiente: preparar a nuestros comunicadores antes de que ocurra la crisis, desde las aulas hasta sus puestos de trabajo, porque frente a un desastre, comunicar bien no es solamente una responsabilidad profesional. Es también una forma de prevención, protección y servicio público para beneficio de la población.