Café Tertulia

Jue, 01/08/2019 - 14:48
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Autor:

Alexander Zanchez

 

Bienvenida al “Instituto Confucio”

Confluyen varias emociones en esta nota, en la que transcribo lo que la musa me dicta. Cada mañana, al ingresar al Campus “Octavio Méndez Pereira”, veo con alegría la vigilia de los leones de piedra, del Instituto Confucio, Kong Tsú, el Maestro Kong.

La imaginación vuela a los días cuando cayó, entre mis manos, en los años 90, un ejemplar de “Las damas de la dinastía Tang”, libro que dos veces tuve y dos veces regalé, a quien sabía los guardaría como tesoro de noticias de tierras lejanas.

Advierto a quienes me hayan leído en números anteriores, un giro de timón en la calidad de mis textos y en la regularidad de la columna.

Declaro, como propósito medular de este espacio, la confluencia de las diversas influencias que pueden ocurrir entre pueblos que intercambian sus luces culturales.

Mis líneas procurarán siempre el estrechamiento de los vínculos culturales entre mi pueblo y todos los pueblos del mundo. La Cultura y el Arte, en y desde la Universidad de Panamá, han sido, son y serán los luceros que mi caminar iluminarán en las madrugadas futuras. 

En homenaje al pueblo chino:

De “Los cuentos del Señor Fang” Bebía el Señor Fang su taza de té, en el Jardín de los Lotos de Rubí y Jade, cuando se ha detenido delante de él un carro de oro puro, tirado por caballos de resplandeciente cristal, cada uno de un color de la gama en el mundo de las gemas. Amatista, esmeralda, jade, aguamarina, cuarzo rosa, zafiro… En un mundo en que la imaginación del anciano pesa, le ha dado al Señor Fang por soñar paisajes de mundos paralelos o, siquiera, los de países lejanos… y sueña que dibuja una puerta de acceso al mundo cuyas claves mágicas las llaves celan.

Al instante llega el carro que les decía al inicio. “Cuando vi llegar aquel tropel de luz casi me da un infarto. Se ha detenido delante de mí y, desde dentro me ha llamado, en perfecto español, una voz femenina con acento chino. No he sabido resistirme. Por dentro, adherido al jade, aquello era una fiesta de oro, seda y terciopelo” me ha dicho luego. Yo vi cuando el carro de piedra, arrastrado por los caballos de piedra, se elevaron girando en torbellino, hasta convertirse en un átomo y explotar con un silbido suave. El Señor Fang no volvió, sino tras muchos años.