Lic. Rainer Tuñón C./ Director de Informacion y Relaciones Públicas de la UP.
Pagar por una bolsa que lleve impresa e impuesta la marca de un supermercado o local comercial es una práctica que contribuye financieramente a la publicidad de esos negocios. Y diremos: - ¡Ah, solo son 17 a 35 centésimos de balboas!, pero, ¿qué beneficio recibimos como clientes? A la fecha, no hemos visto descuentos en futuras compras por el uso repetido de las bolsas o algún incentivo adicional.
Claro, podemos preferir no pagar por una bolsa que lleva la marca de la tienda, especialmente si no hay alternativa de bolsas sin logotipo que, dicho sea de paso, si las venden, serían más caras. También, podemos pedir una caja de cartón o llevar mi propia bolsa; mientras tanto, los supermercados siguen ofreciendo bolsas reutilizables, y dicen que la medida ha tenido muy buena aceptación entre sus clientes.
Si bien es cierto, existe la Ley 187 del 2 de diciembre del 2020 que establece la prohibición del uso en general y la comercialización de los productos plásticos de un solo uso, tanto individualmente como parte de otro producto a nivel nacional, los comercios sustentan que este cobro por productos biodegradables supone un incentivo para desincentivar el uso excesivo de las bolsas de plástico tradicionales, fomentando el uso consciente que ayuda a la sostenibilidad ambiental.
Asimismo, el costo por la producción de las bolsas reciclables o biodegradables es mayor que el de las bolsas de plástico tradicionales. Para compensar este costo adicional, los negocios trasladan parte de ese gasto al consumidor.
Este cobro de las bolsas reciclables por parte de los negocios es un tema que ha generado debate, ya que algunos cuestionan si es una práctica ética pues de inmediato pensamos en el doble beneficio para los comercios, porque si ya se benefician de la preferencia del consumidor, pareciera que el costo por la bolsa reciclable sería innecesario, funcionan como publicidad.
También, el cliente asume el costo solidario de la solución ecológica planteada, pero da la impresión de que se transfiere al consumidor el peso del cumplimiento de la norma ambiental, y supone un gasto adicional que se acumula por la falta de una cultura continuada de porte de las bolsas para siguientes compras. Ahora, supongamos que las bolsas, si no las utilizan eficazmente, pueden ser dañinas porque acumulan bacterias y otros contaminantes, sobre todo si portan alimentos crudos, carnes y productos cuyos líquidos se combinan con el material reciclable.
De momento, el punto de inflexión es el pago para beneficiar a la marca, porque si bien es cierto, esta práctica ambientalmente altruista se ajusta a la norma, quedamos como embajadores indirectos de una marca la cual no nos interesa seguir, salvo por la necesidad de consumir en sus tiendas. Mejor, ofrezcan bolsas sin la marca altamente visible o pronunciada, con mensajes ecológicos que le acompañen, y si le ponen la marca, no me la cobren. Tal vez así seguiremos comprando en sus locales sin que duela dar publicidad gratuita e innecesaria.