El pódcast no puede sustituir al ágora universitaria

Vie, 10/07/2026 - 19:12
Autor:

Prof. Yasmel Coralia Chavarría Nieto /Docente de Lengua y Literatura Facultad de Humanidades

 

Un estudiante camina por el campus con los audífonos puestos, escuchando en soledad la conferencia que hace apenas una década habría motivado su presencia física en un auditorio repleto. Nadie le interrumpe, nadie le contradice, nadie le obliga a sostener la mirada de quien piensa distinto. Esa escena, hoy tan común, condensa el problema de fondo que quiero plantear: la universidad ha ganado audiencia, pero está perdiendo ágora.

La proliferación de pódcast universitarios ha reconfigurado la noción misma de espacio público en la academia. Clases magistrales, conferencias y actividades de divulgación migran cada vez con mayor intensidad hacia formatos grabados y asincrónicos, bajo la promesa —legítima, pero incompleta— de ampliar el acceso (Llorente-Barroso, 2024; Martínez, 2023). Este giro no es neutro: cuando el espacio virtual sustituye, en lugar de complementar, el encuentro presencial, se empobrece el debate cara a cara y, con él, la formación del pensamiento crítico.

Sería injusto negar las virtudes del formato. Los pódcast democratizan el conocimiento al reducir barreras geográficas, económicas y de tiempo, y permiten que quienes no pueden asistir físicamente sigan cursos y debates especializados (García et al., 2024; Poveda y Navarrete, 2020). Durante la pandemia, incluso, sostuvieron una infraestructura mínima de vida académica cuando el encuentro físico resultaba imposible (Facultad de Periodismo UNLP, 2021). Reconocer esto es honesto; ignorarlo sería necio.

Pero la crítica no se forma únicamente escuchando expertos. Requiere confrontar argumentos, preguntar, negociar significados y tolerar la incomodidad del desacuerdo frente a otro cuerpo situado en el mismo espacio (Collazos et al., 2022; Poveda y Navarrete, 2020). El consumo individual de un pódcast, en los tiempos muertos y sin obligación de interacción, convierte la experiencia académica en un acto de recepción pasiva más que de participación dialógica. Podría argumentarse que la eficiencia y el alcance justifican este desplazamiento; sin embargo, una universidad que mide su éxito en descargas y no en discusiones ha confundido difusión con formación.

Mi propuesta no es oponer mecánicamente lo presencial a lo virtual, sino invertir la jerarquía que hoy domina: diseñar primero el encuentro, es decir, el diálogo en vivo, la pregunta abierta, el conflicto de ideas entre quienes asisten, y proyectarlo después hacia afuera mediante el pódcast, y no al revés (Collazos et al., 2022; Martínez, 2023).

Los espacios virtuales deben funcionar como continuidad del debate, como foros, comentarios, encuentros sincrónicos, jamás como su escaparate. En consecuencia, urge, entonces, revalorizar los espacios universitarios donde el intercambio libre todavía es posible: plazas, pasillos, cafés, aulas máximas, foros presenciales donde el desacuerdo no se edita ni se silencia con un clic. Ahí, y solo ahí, se ejercita el pensamiento crítico que ningún algoritmo de reproducción puede simular.

La universidad que renuncia al cuerpo presente en favor de la audiencia dispersa no se está modernizando: se está vaciando. Devolvámosle al campus su condición de ágora, antes de que el silencio cómodo de los audífonos termine por sustituir, para siempre, el ruido necesario del desacuerdo.